Precariedades

Solo nos podemos acercar a la precariedad de puntillas. En primer lugar, porque la precariedad que encontramos en los otros es también la que hay en nosotros. En segundo lugar, porque la experiencia de la precariedad puede ser tanto un momento de gracia como una confrontación insoportable con el sufrimiento y el mal. La precariedad nos remite así al misterio del ser humano.

La precariedad es una cosa que se constata, experimenta y, de la que en general se habla poco. Ya sea personal o colectiva, se prefiere a menudo esconderla e ignorarla. «Obscena», se tiene que mantener alejada de nuestras preguntas existenciales y de nuestros debates sociales.

Manifestación de la finitud, de los límites y del «mal» que atraviesan el universo y todo lo viviente, la precariedad es ineludible. Supone un reto continuo para la libertad, la justicia y la igualdad en nuestras sociedades. Socava la racionalidad, las ideologías, las instituciones, las creencias y los valores. Pone a prueba nuestras solidaridades, nuestros vínculos sociales y nuestras relaciones afectivas. Y, por supuesto, afecta directamente los sujetos: enfermedad física o mental, luto y sufrimiento de todo tipo, fracaso amoroso o profesional, depresión y adicciones, marginación social o económica, violencia, anomia y vacío espiritual son solo algunos de los avatares.

Las precariedades del mundo, de nuestras sociedades y del ser humano son patentes. Toda una cultura de poder, del entretenimiento y del consumo, pero, nos lleva a no escuchar este grito o, peor todavía, a explotarlo para sacar provecho. Esto hace que las precariedades se puedan ignorar, manipular o negar, incluso cuando se imponen en su brutalidad cuando el mundo, las instituciones y las personas se rompen y se derrumban. Aquí es exactamente donde radica el drama: no tanto en que seamos precarios y que la precariedad exista, sino más bien que esta última sea reprimida o instrumentalizada en nuestros discursos, nuestras organizaciones y nuestras prácticas... Sin embargo, cada día vemos cada vez más como la complejidad de los fenómenos biológicos, psicoafectivos, sociopolíticos, económicos y ambientales a los que nos hemos de enfrentar, nos empuja a nuestras últimas trincheras: aquel lugar donde el reconocimiento de nuestras precariedades es un requisito previo para cualquier investigación de acompañamiento, de discernimiento y de transformaciones verdaderas.

De hecho, a nivel personal, la precariedad nos confronta al enigma de la finitud y de la muerte. A nivel colectivo, nos sitúa ante el enigma del vínculo social. Es por eso que hay que hacer un llamamiento al desarrollo de una «ética de la precariedad». Esto tendría en cuenta nuestras vulnerabilidades personales y colectivas, que sin duda nos aportarían algo más de modestia, de inteligencia y de humanidad.

Esta ética, pero, solo es posible en la medida que reconocemos que la precariedad no es «accidental», sino «estructural» es decir, que es constitutiva de cualquier sistema, ya sea nuestro cuerpo, la organización social, las instituciones religiosas, políticas y democráticas, los ecosistemas, etc. Por lo tanto, una ética de la precariedad sería una salvaguardia contra las derivas de nuestras fantasías de omnipotencia, la desmesura de nuestros deseos y nuestra funesta tendencia a explotar ciegamente la naturaleza, el bien común y el «prójimo» especialmente cuando este último es pobre, marginado y sin voz.

Si se juzga una sociedad por su forma de tratar los más débiles, esta ética de la precariedad representa de hecho una verdadera ética social. Se basa en «aquella solidaridad de los conmovidos» de qué habló el filósofo Jan Patočka.(1)

(1) J. PATOČKA, Ensayos heréticos sobre filosofía de la historia, Madrid, Encuentro 2016.

 

 

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