Pascua, río de agua fresca
Cada año, en cada ciclo litúrgico, los cristianos celebramos la Pascua de Jesús muerto y resucitado. Y la celebramos al inicio de la primavera, cuando los árboles, las flores, los pájaros reviven de nuevo con sus colores y sus cantos. “Exulten de alegría todos los ángeles... y suenen los tambores y las guitarras... la tierra se llena de alegría...” dice el canto de Kairoi “Pregón Pascual”.
Y es que la Pascua es como un río de agua fresca y cristalina que brota del interior de las montañas. Un río de agua transparente: sus aguas riegan los árboles y sembrados, inundan los campos, llenan los pantanos y sacian la sed de la humanidad.
La liturgia cristiana utiliza el símbolo del agua para recordarnos que somos peregrinos sedientos de agua viva y recuerda que el agua de nuestro bautismo nos ha purificado y lavado y sacia nuestra sed. Podemos decir como la samaritana de Sicar: “Señor, danos de esta agua”.
La Pascua de Jesús es un soplo de aire que renueva la atmósfera. Es como una brisa suave que refresca nuestro cuerpo y nuestro corazón y donde podemos escuchar la voz de Dios.
La Pascua de Jesús es también nuestra Pascua. No podemos renunciar a ella. Sería como “un suicidio creyente”, en palabras de Cristina Inogés Sanz, porque sería renunciar a lo más humano del ser humano, a nuestra vulnerabilidad e impotencia ante Dios y nos fabricaríamos un Dios a nuestra imagen.
Sería renunciar a la frescura y transparencia, al atractivo del mensaje cristiano, a su libertad y novedad.
Pero, ¿cómo podemos vivir la Pascua? La Pascua se vive en la realidad de cada día. En medio de la vida ordinaria podemos ser personas de esperanza. Tenemos motivos para desesperarnos, pero la fe en Cristo resucitado suscita en nuestro interior un deseo de sentido y de esperanza incluso en aquellas situaciones donde no encontramos motivos para esperar. Sí, la Pascua nos interpela a ser testigos de esperanza. Y la esperanza nos sostiene, pero también debemos sostenerla.
Tal como dice San Pablo en 1Cor 15, toda la vida humana y también la muerte están iluminadas por la vida, muerte y resurrección de Jesús, a través del Espíritu que resucitó a Jesús. El Espíritu de Dios no dejó a Jesús en la sepultura de la muerte. Es Él quien removió y trituró la piedra del sepulcro. Así también, el Espíritu de Dios puede romper nuestros miedos, nuestros muros, nuestras situaciones de muerte, nuestras dudas y hacer brotar en nosotros un río de agua viva. Escuchemos por un momento la pregunta de Jesús: cristiano que celebras la Pascua, ¿crees todo esto? “Señor, aumenta mi fe”.
El Papa Francisco nos dio una receta muy sencilla: no vivamos la Pascua con cara de “pepinos en vinagre”. Y volviendo al Pregón Pascual, podemos decir bien fuerte: Que comience en ti, hermano, la fiesta, con un himno de alabanza a tu Señor, porque el fuego ha llegado a nuestro corazón y la luz ilumina tus caminos. [...] Canten canciones de primavera, de esperanza en un mundo que está llegando (aunque no lo parezca). Y que callen todas las palabras porque Cristo está vivo a tu lado”.
María, Madre de la Esperanza y Misericordia nos acompañe en este camino de Pascua y nos ayude a ser testigos de la esperanza en medio de un mundo que llora por la violencia de las bombas y lucha por la paz y la justicia.