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Adiós a Jürgen Habermas: gran filósofo de la democracia y gran europeo

El óbito de Jürgen Habermas (1929-2026) marca el fin de una era en la intelectualidad europea. Referente de la Escuela de Fráncfort y maestro de la razón comunicativa, recuperamos las claves de su legado en la defensa de una democracia que, sin ser religiosa, sabe reconocer el potencial de verdad de las tradiciones de fe.

El filósofo alemán Jürgen Habermas falleció el pasado sábado, 14 de marzo, a la edad de 96 años. Fue uno de los grandes intelectuales europeos, recordado, entre otros muchos aspectos, por su fecundo diálogo con Joseph Ratzinger.

Nacido en 1929 en Düsseldorf, Habermas era demasiado joven para participar en la Segunda Guerra Mundial, pero fue brevemente reclutado a la fuerza para las Juventudes Hitlerianas en 1944. Operado en dos ocasiones de labio leporino, sufrió durante la infancia dificultades de elocución que influirían decisivamente en su obra sobre la comunicación (Conciencia moral y acción comunicativa).

Saltó a la fama cuando, siendo todavía estudiante en 1953, atacó a Martin Heidegger (1889-1976) por su complicidad con el régimen nazi. En 1955, se convirtió en el ayudante de Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969), maestros de la Escuela de Fráncfort, y se enfrentó tanto al historiador Ernst Nolte (1923-2016) —a quien reprochaba su voluntad de rehabilitar el nazismo— como a la extrema izquierda terrorista alemana, que calificó de «fascismo rojo».

Padre filosófico del proyecto europeo

Marcado por la filosofía kantiana, Habermas desarrolló una filosofía política fiel al espíritu de la Ilustración que defendía la democracia frente a cualquier totalitarismo. Rechazando todo nacionalismo, criticó la identidad nacional como el producto de un romanticismo irracional que exalta la noción de pueblo en detrimento de los derechos individuales.

Asimismo, Habermas se mostró muy hostil a la idea de soberanía, especialmente a la nacional, eje de una cierta tradición de la filosofía política moderna desde Bodin y Hobbes hasta, en cierta medida, Rousseau. Ello llevó al pensador alemán a teorizar una soberanía «procedimental» o «disuelta», entendida como un conjunto de competencias públicas que pueden desplegarse a diversos niveles.

Habermas forjó el concepto de «patriotismo constitucional», basado en los valores democráticos y opuesto tanto a una concepción racial de la nación (heredada remotamente de Fichte) como a la concepción republicana a la francesa, ligada a la soberanía de la nación. Por todo ello, se le puede considerar uno de los padres filosóficos del proyecto europeo.

Aunque durante un tiempo estuvo influido por el marxismo, se distanció de él rápidamente para desplegar un pensamiento situado en las antípodas de cualquier visión de dominio vertical. En Conciencia moral y acción comunicativa, escribió: «En lugar de proponer a todos los demás una máxima como válida y pretender que opere como una ley general, debo presentarles mi teoría con el objetivo de que pueda llevarse a cabo la comprobación discursiva de su pretensión de universalidad. El peso se desplaza, desde aquello que cada cual puede querer sin contradicción alguna como ley general, hacia aquello que todos, de común acuerdo, quieren reconocer como norma universal.»

Este planteamiento se aproxima considerablemente, tal como sucede en su obra La ética del discurso y la cuestión de la verdad, a la democracia procedimental y al «consenso entrecruzado» (overlapping consensus) que John Rawls (1921-2002) desarrolló paralelamente al otro lado del Atlántico. En el fondo, tanto para Habermas como para Rawls, la búsqueda del bien como fundamento de la política es imposible, o incluso perjudicial, ya que siempre planea la tentación de imponer una visión moral concreta a individuos que no la comparten.

Fundamento de los estados democráticos

Se plantea entonces la cuestión del fundamento de las normas jurídicas vigentes en una sociedad, hecho que motivó el famoso intercambio con Joseph Ratzinger en Múnich, el 19 de enero de 2004, publicado en Entre razón y religión: la dialéctica de la secularización.

Para Habermas, el fundamento del orden político no le es exterior, sino que es interno al propio proceso democrático. El proceso democrático constituye, por sí mismo, el fundamento de la moral y del derecho, en tanto que expresión de la voluntad de los individuos. No es ninguna concepción del bien —ya sea religiosa o filosófica— la que guía la búsqueda de los principios jurídicos vigentes, sino que es el proceso de deliberación mismo el que justifica los principios constitucionales del Estado democrático.

Con todo, Habermas no se somete a una ideología de los derechos humanos en el sentido de que estos constituyan la única norma externa que justifica el orden político. Para él, de hecho, los derechos humanos emanan de la propia autonomía de los ciudadanos, manifestada a través del proceso mencionado. Esta lógica circular excluye, de facto, cualquier noción de bien impuesto desde arriba, aunque se trate de la de los derechos humanos.

Un pensamiento elegante pero frágil

No obstante, conviene señalar que Habermas no niega a la religión la posibilidad de participar en el debate público: «Cuando los ciudadanos secularizados asumen su papel político, no tienen el derecho de negar a las cosmovisiones religiosas un potencial de verdad inherente, ni de cuestionar a sus conciudadanos creyentes el derecho de aportar, en un lenguaje religioso, su contribución a los debates públicos.»

Esta visión, que se opone radicalmente a una cierta concepción de la laicidad surgida de la Revolución Francesa, ha llevado a pensar que Habermas y Ratzinger estaban muy cerca. Este último, tal como reiteraría en su discurso en Westminster en 2010, creía ciertamente que la religión —si bien puede ayudar a purificar la razón— no debe fijar las normas morales que presiden las decisiones políticas. Sin embargo, afirmaba, conforme a la tradición de la Iglesia Católica, que la razón permite hallar principios morales universales sobre los cuales debe fundamentarse el orden político. Por tanto, Ratzinger no podía conformarse con una lógica procedimental autoproductora de sus propias normas, sino que remitía a una norma externa: una visión del bien que la razón tiene el deber de buscar y formular.

Vivimos una época de cuestionamiento de las normas morales, con el riesgo de ver cómo se hunden ciertos diques protectores. También somos testigos de la reivindicación creciente de derechos subjetivos elevados a la categoría de absolutos. ¿Es suficiente el pensamiento elegante de Habermas para iluminar un debate que cuesta plantear, precisamente porque de él se excluye la cuestión de qué es bueno y qué no lo es?

Cabe dudar seriamente de ello. Sobre todo porque la visión de Habermas requiere una adhesión real de los ciudadanos al proceso democrático, sin la cual su patriotismo constitucional resulta inviable. La crisis actual de nuestras democracias occidentales —y especialmente la disminución de la adhesión al proceso democrático, como lo demuestra el abstencionismo electoral— muestra la fragilidad de una visión política procedimental que parece no poseer unos cimientos lo bastante sólidos para evitar lo peor.

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