La semana santa: el legado de Jesús
A veces me pasa, sí, lo reconozco, sin quererlo ni buscarlo se me solivianta el corazón, se me desvanece la paz interior..., y hasta se me reafirma la convicción de ser totalmente vulnerable. Tal vez a ti, que estás leyendo estas palabras, también te ocurre... Cuando, por ejemplo, me invaden sentimientos pesimistas por las noticias que escucho, las guerras, las injusticias sociales, justificadas, incluso, de puertas afuera; comportamientos institucionalizados que evidencian profundas incoherencias, egoísmos, y falta de sentido común. O cuando, más a nivel personal, mi propia historia pasada aparece con ecos de haber vivido situaciones en la ignorancia o inconsciencia, o el porvenir, como algo que ni puedo asegurar para mí, ni para mis seres queridos... También, ahora que vamos a celebrar la Semana Santa, siento el rostro de Jesús en la cruz: él también tuvo su familia, también él fue niño, joven..., un ser humano, cuyas acciones y deseos fueron hacer el bien en este mundo. ¡Y por pura maldad y egoísmo lo mataron de forma cruel! ¡Cómo es posible! ¡Ninguna persona se merece esto, y menos, aún, él!
Y, sin embargo, hay algo que supera todo esto, como una flor que va desplegándose en el interior de uno mismo: el amor. Una palabra, sí, muy repetida, tergiversada, malentendida, manipulada..., pero la única capaz de dar belleza y sentido verdadero a la vida.
La presencia de Jesús en el interior, me hace ver que el amor no es un mero sentimiento, por legítimo que sea. Es, más bien, un mandamiento, por encima de cualquier otra convicción que uno tenga. Así lo expresó Jesús cuando se despidió de los suyos en la última cena: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y, por eso, porque no es un mero sentimiento, tiene que manifestarse en acciones concretas: “Ninguno tiene mayor amor que éste, dar la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Uno comprende, al mismo tiempo, que algo que no nace de un amor verdadero no aprovecha para nada. La muerte de Jesús también se impone por encima de los propios sentimientos. Fue la consecuencia de este amor de Dios al mundo: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio hijo" (Jn 3, 16). Y, sobre todo, la mayor manifestación de quién es Jesús, que firma, con su propia sangre, que sus palabras y sus obras fueron totalmente verdaderas. Porque no hay verdadero amor que no conlleve verdaderos sacrificios.
Y si el testimonio de Jesús en la cena y en la cruz son una lección de vida, una luz para el camino, la resurrección es el legado, su herencia: "entregó el espíritu" (Jn 19, 30). Ni mis sentimientos ni mis convicciones han de determinar mi ser en esta tierra. Es su presencia viva la que debería adueñarse de mí. Y así, hacer realidad, con mis deseos y mis acciones, que amar al prójimo es la manifestación del amor de Dios.
Una vez leí una oración que decía:
Le pedí a Dios que me quitara mi orgullo… Dios me dijo: "¡No!… eres tú quien se tiene que humillar". Le pedí a Dios que me diera paciencia… Dios me dijo: "¡No!… la paciencia es fruto de la tribulación, no se regala, hay que ganarla". Le pedí a Dios que me diera felicidad… Dios me dijo: "¡No!… Yo doy bendiciones, la felicidad depende de tu actitud ante mis dones". Le pedí a Dios que me quitara mi dolor… Dios me dijo: "¡No!… el dolor te hace crecer más en el amor". Le pedí a Dios que me ayudara a amar a los otros como Él nos amó… Dios me dijo: "¡Sí! Ya estás comprendiendo mi labor".
Llega uno así al convencimiento de que Dios lo puede todo. Recuerdo, a propósito, unas palabras de Teresa de Calcuta, que hablaban de los "frutos" espirituales...
"El fruto del silencio es la oración.
El fruto de la oración, la fe.
El fruto de la fe es el amor.
El fruto del amor es el servicio.
El fruto del servicio es la paz".