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El diálogo no es sólo un intercambio de ideas

El intercambio de dones impulsado por el Espíritu Santo nos lleva a tomar conciencia que es un pilar fundamental del diálogo ecuménico. Porque es allí donde cada iglesia recibe del Espíritu lo que necesita para llegar a la plenitud de la verdad en Cristo. Una plenitud que tiene su fundamento en la búsqueda de la verdad y la experiencia de koinonia eclesial. En el documento de convergencia sobre la Iglesia de Fe y Orden del Consejo Mundial de Iglesias, titulado La Iglesia: hacia una visión común (Busan 2013), se nos planteaba esta visión interesante y puede iluminar estas líneas en la perspectiva ecuménica. La koinonia defiende la legitimidad de las iglesias locales sin desvincularlas de la Iglesia universal (n 32) y, respeta el principio de la encarnación por el que la Iglesia se hace presente en la variedad de las culturas y los ritos. Pero al mismo tiempo, hace constitutiva en la Iglesia los órganos de colegialidad y sinodalidad a nivel local, regional y universal (n 53), e incluso obliga a entender la autoridad en la Iglesia desde esta dimensión esencialmente comunitaria. El ministerio universal de unidad no puede sino ejercerse de una manera comunitaria y colegial y, jamás puede ser considerado como opuesto a la sinodalidad o la conciliaridad. Esto significa que las iglesias, también nosotros como católicos, han de poner en marcha un proceso serio de “sinodalización” de todas sus estructuras, lo que implica una nueva forma sinodal de entender el ministerio ordenado, el ministerio de los obispos y el ministerio petrino; e igualmente mantener presente la corresponsabilidad de todos en el gobierno de la Iglesia y en el ejercicio del magisterio, sin olvidar el papel de los laicos y el sensus fidelium propio de todo bautizado y, así darle mayor protagonismo a las Iglesias locales a través de las estructuras y organismos sinodales. Es hora de que las iglesias se escuchen y pongan en común sus distintas experiencias para aprender las unas de las otras del camino por el que han sido guiadas por el Espíritu Santo. (R. Vázquez, Manual de Ecumenismo 2023). Esto es un ejercicio de intercambio de los dones fruto de esa experiencia pneumatológica y que debemos estar siempre a la escucha y recepción de ellos.

En los números 120-123 del documento final del Sínodo sobre Sinodalidad, se aborda el intercambio de dones entre las Iglesias y su importancia para la unidad y la misión de la Iglesia. Se destaca que este intercambio implica riqueza en todas las dimensiones de la vida eclesial y debe realizarse con espíritu de solidaridad, respeto por las identidades y sin caer en asistencialismos. Se subraya la necesidad de promover la colaboración entre las Iglesias locales, especialmente entre las de tradición latina y las católicas orientales, fomentando el enriquecimiento mutuo y la reconciliación. Por tanto, esto debe tomarse con seriedad y responsabilidad, aunque nos lleve a un discernimiento doloroso.

Además, se menciona como ejemplo el potencial de las grandes áreas geográficas supranacionales, como la Amazonia, la cuenca del río Congo y el Mediterráneo, para desarrollar formas de intercambio de dones y colaboración en cuestiones sociales globales. Pero en este sentido, como mencionamos, no podemos perder de vista la profundidad y sentido ecuménico en este intercambio de dones, que es el camino hacia la unidad plena y visible entre todas las Iglesias y Comunidades cristianas, promoviendo el diálogo ecuménico y valorando, sin prejuicios, las riquezas espirituales y culturales de las distintas tradiciones cristianas. Esto nos debe llevar también a dialogar sobre los que nos separa y en lo que no estamos de acuerdo, es tiempo de hablar de dimensión eclesiológica del ecumenismo.

Es no menos importante destacar en el documento, la llamada a la colaboración con creyentes de otras religiones y personas de diferentes convicciones, para construir juntos un mundo más justo, fraterno y en paz, en un espíritu de intercambio, también de dones y ayuda mutua. Fundamentar esta reflexión con el documento sobre la Fraternidad Humana por la paz mundial y la convivencia común, firmado por el papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar Ahmed Al-Tayyeb en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019, es de gran acierto y actualidad, reforzando los documentos del Concilio Vaticano II, donde celebramos el 60º aniversario de su clausura:  Nostra Aetate y Dignitatis Humanae. El diálogo interreligioso, el acercamiento en escucha y conocimiento, es hoy más que nunca, en la mirada de un mundo más necesitado de encuentro y palabra fundamentos para compartir, colaborar en la vida, acción y oración de la experiencia eclesial y sinodal. Desde la libertad por la expresión religiosa y que debe ser respetada como parte de nuestros derechos.

Podríamos sintetizar que el documento final del Sínodo presenta también, el intercambio de dones como pilar del ecumenismo y parte esencial del camino sinodal, un camino de encuentros, escuchas, colaboración hacia la verdad y unidad plena y visible. Por tanto, podemos concluir que nos encontramos ante una nueva hermenéutica del ecumenismo dentro de la iglesia católica, por lo cual: No se trata solo de debatir doctrinas, sino de reconocer las riquezas espirituales, litúrgicas y carismáticas que el Espíritu Santo ha otorgado a las diversas iglesias y comunidades cristianas. Cada Iglesia, en fidelidad al Evangelio, posee dones del Espíritu que las demás necesitan para alcanzar la plenitud católica de la fe y la comunión. De esta forma en el diálogo, ecuménico e interreligioso, cada parte da y recibe; en el ecumenismo, se afirma que no es un “retorno” unilateral a Roma, sino en una recíproca conversión y edificación mutua. El documento, nos recuerda una vez más, que la dimensión pneumatológica de intercambio de dones y de todos los procesos eclesiológicos es la inspiración para el desarrollo de estos. Es el Espíritu que impulsa a los cristianos a reconocerse mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo, considerando que este reconocimiento no elimina las diferencias legítimas, sino que las integra en una comunión más rica. Donde el desafío ecuménico sigue siendo hacia una experiencia visible de unidad en los sacramentos, la eucaristía y el ministerio.

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