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Los profetas menores y la lamentación

Los primeros profetas menores, que escriben en el s VIII a. C. son Amós, Oseas y Miqueas. Antes del exilio escribirán también Sofonías, Nahum y Habacuc, y justo después lo harán Hagueo, Zacarías y Abdías. Los últimos menores son Joel, Jonás y Malaquías.

Las lamentaciones que vemos en los profetas menores tienen un rasgo común. En general, todas siguen un modelo preestablecido. En primer lugar, el profeta se lamenta por la situación que se vive o que se vivirá, tomando conciencia de la realidad, del alcance de la tragedia, manifestando la desesperanza del momento, en relación al templo, a la tierra recibida, a las instituciones monárquicas... En segundo lugar, la voz del profeta siempre detalla la causa de todo, manifestando las debilidades de la vida humana y de la comunidad, ante Dios, la ruptura, el abandono del plan de Jahvé. No deja nunca de poner el dedo en la llaga, en una sincera busca de los orígenes del mal.

Es una reflexión sobre el pecado, una conciencia de mal, que se denuncia. Finalmente, pide un perdón sincero que tiene que llevar a la humilde turbada de la comunidad, de la persona humana, con Dios, fuente de la reconstrucción personal y colectiva.

La lamentación no es la denuncia. La lamentación, una palabra que aparece solo treinta veces a las escrituras, es el preludio de lo que después denunciará el profeta, es la puerta exterior, es lo que vive el pueblo, explicado abiertamente. Es una lamentación de lo que pasa, una lamentación por lo que sentimos, por lo que vemos, del silencio de Dios también. El profeta se lamenta desde la experiencia de los sentidos, previendo y sintiendo la desolación, la oscuridad, el hambre... La lamentación es la expresión de los sentidos: lo que ve, lo que siente, lo que divisa, lo que palpa, la amargura que nota, aquello que puede intuir a mal-venir.

La lamentación también tiene que ver con el sentimiento interior, con el sentido de culpa, con el remordimiento, la pena de dentro, fruto no ya de los sentidos sino de la autoconciencia de la persona. Es la desolación espiritual. El profeta se lamenta por fuera y por dentro.

La denuncia expresará meridianament las debilidades interiores, las contradicciones humanas, las de los gobiernos, de los reyes, de los sacerdotes, del pueblo, de la colectividad, del orden preestablecido... Será el punto de inflexión para la posible renovación espiritual, para la transformación. Solo desde el conocimiento de las debilidades se puede encontrar la fuerza para vencer las amenazas presentes y futuras que suponen la ruptura con el plan de Dios, el pecado, haciendo posible la renovación.

Los profetas menores, como los mayores, invitan a la mirada interior permanente, a la revisión de vida, a la detección temprana de las debilidades, de las contradicciones, de las infidelidades humanas que nos alejan de Dios. Su propuesta no es reactiva, es fundamentalmente proactiva. Un llamamiento a reconstruirnos espiritualmente, como propone Miqueas 6, 8: “Ya te han enseñado, hombre, qué es bueno, que espera de ti el Señor: practica la justicia, aprecia la bondad, compórtate humildemente con tu Dios”.

 

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