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Las enfermedades del alma y sus remedios

Cuando alguien está apurado, siente una amenaza grave o se encuentra en peligro de muerte, pide socorro y grita SOS. Estas siglas provienen de la expresión inglesa Save Our Souls [Salvad nuestras almas]. El deseo de conseguir seguridad, de sortear el peligro y, en último término, de conservar la vida se resume en este grito de angustia. En un mundo secularizado, quizás se pondría el acento en la salvación del cuerpo, porque el alma evoca una dimensión no solo psicológica, sino también espiritual. Durante siglos, la salvación del alma ha polarizado las mejores energías humanas. Esta preocupación hoy sigue vigente, aunque se ha transformado en un río subterráneo que, aunque no se vea, sigue fluyendo con intensidad.

Del mismo modo que pedimos ayuda para salvar el cuerpo, los maestros espirituales de diferentes tradiciones han enseñado a reconocer los peligros internos que amenazan nuestra alma. Un ejemplo es Shaykh Al-Sulamí, autor del tratado de psicología sufí Las enfermedades del alma y sus remedios. Este escritor nació en Nîsâbûr (Irán) entre los años 947 y 952. La educación del alma constituye uno de los temas centrales de la literatura sufí.

El Profeta distinguía entre la guerra santa menor y la guerra santa mayor. La guerra santa menor es el combate contra el enemigo exterior; la guerra santa mayor es la lucha contra el alma pasional y egoica. Consiste en purificar el alma de todo vicio y hacerla conforme con Dios, cultivando en ella esos reflejos de las Cualidades divinas en el hombre que son las virtudes. Hay que ser conscientes de que, en el fondo del alma, se encuentran la pasión y el orgullo. La importancia de esta comprensión se expresa en esta convicción: «Todo aquel que conoce a su alma conoce a su Señor». Por la trascendencia de la tarea, no es extraño que se haya escrito: «Buscad el conocimiento hasta en la China».

En esta pequeña obra se enuncian unas setenta enfermedades con sus correspondientes remedios. El discurso se dirige al murid, es decir, al novicio, al aprendiz, al discípulo. Algunas enfermedades resultan evidentes: la indolencia, la no aceptación de la verdad, ocuparse de los vicios de los demás y cerrar los ojos ante los propios, fingir y embellecer las apariencias, enorgullecerse del propio saber, la profusión de palabras, el deseo de hacerse rico, la inclinación a la venganza, la hostilidad y la ira, obedecer a las pasiones… y muchas más. Todas tienen su remedio y su posible curación. En uno de los puntos se incluye un criterio de altísimo nivel místico: «No vives en Dios hasta haber muerto a todo lo que no es Dios».

El trabajo personal se sitúa en lo más profundo del corazón cuando se diagnostican las enfermedades del alma, cuando se evidencian las argucias sutiles del ego, cuando se desactivan las pasiones que arrastran al desastre. Las virtudes, que capacitan para la verdad, el amor y la libertad, sanan las tendencias egoicas y nutren nuestra alma del amor a Dios y a los demás.

Quizá conviene preguntarse hoy: ¿Qué enfermedad reconozco yo en mi alma? ¿Qué remedio puedo comenzar a aplicar? Así empieza la verdadera medicina interior.

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