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La vida antes y después de la vida

Suelo utilizar con frecuencia las bibliotecas públicas, que considero uno de los mejores servicios al alcance de la ciudadanía. Tomo en préstamo libros de manera habitual. Uno de ellos, que tengo ahora entre manos, es la obra del Dr. Manuel Sans Segarra titulada La supraconsciencia existe. Vida després de la vida. Este libro se encuentra en al menos 163 bibliotecas públicas de Cataluña. En la mayoría está en préstamo, en muchas reservado y en pocas disponible. ¿A qué se debe este éxito de acogida?

Sans estudia las experiencias próximas a la muerte (EPM), a través de las cuales llega a una nueva comprensión de la consciencia y de la vida después de la muerte. Su aproximación a un tema tan controvertido parte de testimonios que se abren a una realidad espiritual. No se trata de una mirada crédula, sino de una propuesta que enlaza ciencia y espiritualidad desde la física cuántica, la filosofía o la psicología. Sus afirmaciones van más allá de una visión materialista de la ciencia, al situar como elemento esencial la supraconciencia, independiente del cerebro y del cuerpo físico, considerada una propiedad fundamental del universo.

Esta perspectiva invita a pensar que la ciencia no es la única vía de conocimiento. También la mística y la espiritualidad pueden favorecer una mejor conexión con la supraconciencia. Las experiencias próximas a la muerte, debidamente analizadas, permiten extraer conclusiones valiosas sobre dimensiones poco exploradas, aunque profundamente intuidas. Algunos podrían considerar estas ideas como pseudocientíficas; sin embargo, resulta significativo comprobar cómo el tema de la vida después de la muerte sigue despertando un vivo interés. Como cantaba Guillermina Mota: «Si soy tan solo un trozo de tierra, ¿por qué siento un anhelo de eternidad.?»

Más allá del ámbito científico o filosófico, esta cuestión toca el corazón de la existencia. No puedo silenciar un interrogante personal: ¿existe vida antes de la muerte? La pregunta resuena con fuerza en la película Ikiru (Vivir), dirigida por Akira Kurosawa en 1952 e inspirada en La muerte de Iván Ilich de León Tolstói. Cuando Kanji Watanabe, funcionario municipal de Tokio, descubre que padece un cáncer terminal, comprende que la vida se le escapa y, solo entonces, empieza realmente a vivir.

En el cristianismo, la fe en la resurrección y en la vida eterna es central. Nadie ha regresado para decirnos qué hay más allá de la frontera de la muerte, pero quienes han vivido experiencias cercanas a ella —sin cruzar definitivamente la línea— se convierten en una fuente extraordinaria de conocimiento y esperanza. En mi caso, la muerte más que una reflexión ha sido una experiencia encarnada, inscrita en tres círculos concéntricos. El primero, de manera prematura, la pérdida de mis padres; el segundo, el encuentro progresivo de la muerte con mis hermanos; y el tercero, inevitable, cuando deje de ser algo ajeno a mi para convertirse en una realidad plenamente personal.

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