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Una llamada a desarmarnos

El día 1 de enero de 1968, el papa Pablo VI instituyó en un primer mensaje lo que él denominaba "El Día de la Paz". Lo hacía por todo el simbolismo que supone esta fecha, la primera del calendario civil y aun en medio del tiempo litúrgico de Navidad, contemplando el misterio de la Encarnación, el nacimiento del Príncipe de la Paz. Desde entonces, los diferentes papas han sido fieles a esta Jornada enviando unas semanas antes un mensaje de paz al mundo, en circunstancias muy diversas: la Guerra Fría y la caída del muro; grandes genocidios como el de Ruanda, Congo, Sudán y tantos otros; guerras hoy acabadas, pero otras cronificadas: Afganistán, Irak, Siria, Ucrania... (no las podemos enumerar todas, aunque las deberíamos enumerar todas); pero no solamente guerras declaradas sino también guerras latentes, o injusticias que sin llegar a ser guerras siguen matando a millones de personas en todo el mundo; hasta llegar a esta "tercera guerra mundial a pedazos" que es como llamó el papa Francisco a la situación actual. León XIV se suma a esta tradición por primera vez y nos exhorta en la 59ª Jornada Mundial de la Paz a construir "una paz desarmada y desarmarte".

Desarmada porque hay que empezar a cuestionar esta aceptación cada vez más extendida entre los gobiernos y la opinión pública, que solamente a través de la disuasión de las armas se puede conseguir una verdadera paz. Aquella resignación que pasa por aceptar que de nada sirven ni el diálogo, ni los acuerdos de desarme, ni las instancias internacionales que velan por ellos. La única paz que se vislumbra en el horizonte es la de una paz armada, que se construye sobre la imposición de la ley del más fuerte. Una paz que pasa por el reparto del mundo en zonas de influencia, un nuevo imperialismo construido sobre guerras de baja intensidad y tecnología militar cada vez más poderosa. Es la paz armada que crea paradojas como la de quien aspira al premio nobel de la paz después de obligar a sus aliados a aumentar el gasto en armamento y después de intervenir militarmente sobre los enemigos. 

Pero León XIV también exhorta a construir una paz desarmarte. Afirma tajantemente "la bondad es desarmarte" y lo hace en un mundo donde la bondad sigue siendo continuamente desprestigiada. El desarme no es suficiente si no llega hasta las mismas conciencias y esto implica vigilar esta creciente tendencia a "convertir los pensamientos y las palabras en armas". Si el nivel político o militar se nos aparece como lejano o inalcanzable, este nivel del pensamiento y las palabras nos toca bien cerca. Porque ciertamente es creciente la tendencia a utilizar las palabras no solamente en defensa de las propias posiciones sino como un permanente ataque contras los otros, es decir contra aquellos que piensan, sienten o actúan de forma diferente a la mía. En un mundo donde todo son opiniones fuertes, falsamente seguras, donde nadie escucha a nadie o solo se escucha a quien es como yo, el peligro de abrir abismos entre las personas es enorme, y la paz deviene imposible. Y eso pasa tanto en el mundo como en el interior de nuestra misma Iglesia. 

En este 2026, como en aquel lejano 1968, la llamada a la paz continúa siendo necesaria con matices y acentos diferentes, propios del tiempo que nos ha tocado vivir. Pero siempre tenemos delante la misma imagen que nos da el contraste: "El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén". Paz en la tierra, para todas y todos. 
 

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