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El significado profundo de la Navidad

La Navidad no comienza en las luces ni en los escaparates, sino en una afirmación radical: Dios ha querido hacerse humano. Desde esta convicción nace el sentido más hondo de una celebración que, con frecuencia, corre el riesgo de quedar reducida a costumbre, estética o consumo.

Hay belenes que son auténticas obras de arte. Figuras realizadas con primor, con los mínimos detalles cuidadosamente trabajados. Entre las diversas piezas, la poesía encuentra fácilmente inspiración para cantar el amor a la vida: un niño indefenso que despierta ternura; una pareja joven que no encuentra lugar en el hostal y debe dar a luz en el campo de los pastores; tres buscadores —sabios o magos— que se acercan lentamente con sus dones; riachuelos de aguas cristalinas, rebaños en las colinas próximas. En Cataluña, se incorpora además la figura del caganer. Belén acogió el pesebre original; san Francisco de Asís lo recreó en Greccio como homenaje vivo, y hoy la tradición se mantiene en innumerables lugares del mundo.

Sin desmerecer la poesía de los belenes ni la música entrañable de los villancicos, el significado profundo de la Navidad lo revela la teología cristiana. Se puede creer o no en ella —ambas posturas merecen respeto—, pero ignorarla por principio supone renunciar a una fuente de sentido de gran alcance. La clave es la encarnación: la segunda persona de la Trinidad se hace carne en Jesús. La divinidad asume la condición humana y entra en la historia desde la pobreza y la fragilidad, poniendo en el centro valores como el amor, la compasión y la misericordia, auténticos antídotos frente al mal. No existe una espiritualidad comparable a un proyecto semejante.

Desde las primeras páginas del Génesis, el ser humano ha aspirado a ser como Dios, y esa pretensión ha generado algunos de los mayores desastres de la historia. Jesús propone otro camino: ser plenamente humanos. Como diría Pascal, ni ángeles ni bestias. El gran riesgo actual es una deshumanización colectiva que se extiende silenciosamente y erosiona la fraternidad y la convivencia. Las guerras reducen a las personas a cifras; los pobres, los inmigrantes y determinados colectivos quedan marginados, convertidos en invisibles.

Seguir a Jesús implica humanizar radicalmente las relaciones, sin excepciones. Solo así comprendemos que amar al prójimo —como revela el juicio final— es la forma más concreta de amar a Dios. Esta es la auténtica revolución cristiana. Celebrada desde esta profundidad, la Navidad transforma nuestras relaciones sociales, políticas y económicas. Conviene, por ello, que las comidas excesivas, las compras compulsivas y los fastos no nos impidan descubrir el sentido que puede cambiar la vida. Deshumanizar al otro es, en definitiva, la negación misma de la Navidad de Jesús.

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