La religión y el jogo bonito
Una gran parte de la población mundial vive pendiente de la fase final del mundial de fútbol que se está jugando en Norte-América. Un acontecimiento que va mucho más allá de una pelota, una extensión considerable de césped cortado al milímetro y unos palos haciendo forma de rectángulo con una red tensa detrás. El fútbol es mucho más que un deporte, se quiera o no se quiera, puesto que contiene una enorme dimensión política: solo hay que ver las publicaciones extorsionadoras de Donald Trump o los artículos de dudosa calidad periodística y ética de Mariano Rajoy. Pero todavía se podría decir más, el fútbol, se quiera o no, consiste en una religión benévola, como decía Vázquez Montalbán. Bueno, esto de benévola, desgraciadamente, se va perdiendo con los años, pero es flagrante que ambos aspectos antropológicos se abracen.
Se ha extendido una teoría muy curiosa alrededor de la selección brasileña, seguramente el equipo que más ha decepcionado este año. El periodista catalán Toni Padilla compila en un artículo en el diario Ara[1] una serie de publicaciones en las redes sociales en las cuales se afirma que el factor clave de la decadencia de la canarinha es el hecho que se ha producido un giro copernicano en la confesión mayoritaria de sus jugadores. Así como, tradicionalmente, se concebía el típico jugador brasileño como hábil con la pelota en los pies y católico en la forma de habla y de celebrar los goles, hoy en día un 77% de los jugadores convocados son evangélicos. Hoy en día, más de un cuarto de la población brasileña se considera evangélica; el país más católico del mundo se encuentra en un proceso de cambio profundo. En la última década, destaca el crecimiento desorbitado del neopentecostalismo, de origen estadounidense y que se caracteriza por varios factores, como el carisma, el uso de las emociones y de la música en sus celebraciones, aparte de disponer de un rigor moral desorbitado. Figuras como las del ex-presidente Jair Bolsonaro representan este nuevo paradigma, mucho más liberal, o libertario, según el cual el eje central es el individuo y no el colectivo.
La figura del ex-jugador del Barça, Dani Alves, constituye uno de los relatos más curiosos al respecto. Un jugador que representaba la alegría y la exuberancia del fútbol brasileño, después de unos hechos muy desagradables y de la libertad penitenciaria se convirtió en un predicador vinculado a entornos neopentecostales. También hay que destacar la Biblia que quiso mostrar Neymar cuando fue convocado por la Seleçao, personalizada de Batman[2]. Aumentan los detalles pintorescos, lo cual esconde una visión muy dogmática y llena de teología de la prosperidad, que figuras como los jugadores millonarios de fútbol son aprovechadas para impactar en la población, especialmente entre sus capas más vulnerables.
La pregunta es: ¿La visión religiosa de varios miembros de un equipo puede hacer variar la manera de jugar a fútbol? Que la derrota ante Noruega con un 33% de posesión de pelota sea fruto de la confesión religiosa de sus jugadores y forofos es simplificar una realidad eminentemente compleja, pero abre un debate sugerente. El individualismo creciente, especialmente en estas ramas evangélicas, juega en contra del espíritu auténtico de un deporte colectivo, en el cual las combinaciones y el conocimiento de los movimientos del compañero son esenciales para ganar partidos. Aun así, también es cierto que los seguidores enfaticemos las estrellas mediáticas, compremos camisetas de quienes marquen gol o generen más dosis de espectáculo. Y es indudable, un gran número de jugadores brasileños han copado las portadas de los diarios y han sido comparados con divinidades celestiales, también en casa nuestra.
Una de las consecuencias de la globalización es la pérdida de ciertas características propias de las regiones del mundo. La evolución de la Seleçao muestra un cambio de una religión festiva y, permitidme la metáfora, carnavalesca, a una religión contenida y marcada por el espíritu del rendimiento, como el que dictamina el día a día de las personas corrientes. El estilo desenfadado que fue conceptualizado como jogo bonito se ha visto transformado en una práctica austera del fútbol, protagonizada por una serie de jugadores más contenidos y, permitidme de nuevo, aburridos. El futbolista brasileño ha dejado de representar la elegancia y la exuberancia, para devenir un modelo de emprendedor de sí mismo, preocupado por la misma eficiencia que buscan las otras selecciones. Hoy en día el fútbol, y el deporte en general, está marcado por medidas cuantitativas de múltiplos indicadores, puesto que la auténtica religión mundial es la razón instrumental, tal y como decía Horkheimer, y su prometida de optimización constante.
Y es que cuando el rendimiento acontece fe, el juego deja de ser una fiesta.
[1] https://www.ara.cat/esports/futbol/mundial/l-evangelisme-acabat-l-alegr…
[2] https://www.lavanguardia.com/gente/20260521/11544436/neymar-celebra-con…