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La cruz

La cruz es el símbolo más universal del cristianismo, pero ¿qué significa? Muchos seguidores de Jesús cada día hacen varias veces la señal de la cruz. Se convierte de este modo en un signo de piedad, de pertenencia, de protección, de plegaria… No obstante, la cruz está unida sobre todo al sufrimiento. Hay quienes piensan que cuanto más sufren mejores son. Otros, por el contrario, huyen de él siempre que pueden. ¿Cuál fue la opción de Jesús? Una pregunta interesante ahora que entramos en las celebraciones de la Semana Santa, especialmente en la liturgia del viernes.

Existe un texto en la carta a los Filipenses 2,7-8 que resulta revelador: «Tenido por un hombre cualquiera, se abajó y se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.» El símbolo clave de la cruz en la vida de Jesús es la obediencia a la voluntad de Dios. No
significa que Dios quiere que Jesús sufra una muerte injusta, dolorosa, terrible. Su misión es anunciar el Reino de Dios, la fraternidad universal, así como liberar a las personas oprimidas, pobres, enfermas… Los poderes de este mundo no aceptan su misión y lo amenazan de muerte. Su dilema resulta claro: dejar de cumplir la voluntad de Dios, que es anunciar el Reino, humanizar las relaciones, atender a los pobres… y entonces salva la vida; o por el contrario, si se dedica a su misión, poner en juego su vida hasta la muerte y una muerte de cruz. La cruz es su medida extrema de amor a Dios y a los hombres.

En el huerto de los olivos, su oración se torna angustiosa y, a la vez, confiada: «Abba, Padre, todo te es posible; aparta de mí esta copa. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.» (Mc 14,36). Dios no quiere que muera en la cruz, sino que sea fiel a su misión y a su conciencia, expresión ambas de la voluntad divina. Ahora bien, si por fidelidad tiene que afrontar la muerte, y una muerte en cruz, le dará apoyo para que afronte este final. Es la historia de los mártires a lo largo de la historia. Es la historia de Mons. Óscar Romero, asesinado durante una misa por convertirse en la voz de los pobres. Es la historia de Alexséi Navalny, que había sido ateo militante y en la actualidad era creyente. Ante un tribunal manifestó que le guiaba en su comportamiento el pasaje del evangelio:
«Bienaventurados porque tienen hambre y sed de justicia, porqué serán saciados». No se arrepentía de haber regresado a Rusia, sabiendo incluso que Putin había ordenado su asesinato. Jesús había dicho: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.» (Jn 12,24). Misterios de la vida, de la muerte y del amor.

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