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El más allá y la esperanza cristiana

Lo que sigue es una síntesis muy abreviada de la conferencia pronunciada en la Escuela de Teología del Maresme (Mataró) el 21 de noviembre de 2024.

Se dice que del cielo no se puede hablar porque “Dios ha preparado para los que le aman cosas que nadie ha visto ni oído y ni siquiera pensado” (1 Corintios 2,9). Y del infierno Jesús nos advierte: “allí llorarán y les rechinarán los dientes” (Mateo 8,12; Lucas 13,28). Con llantos y crujir de dientes no es posible formular un lenguaje mínimamente inteligible. Por tanto, nos encontramos en un auténtico callejón sin salida. Sea como fuere, nos arriesgaremos, aunque finalmente tengamos que reconocer nuestra derrota: nunca podremos decir todo sobre el Todo. Por otra parte, si optamos por guardar silencio se nos podría cuestionar si es que el cielo o el infierno no existen.

Hablar del cielo en el mundo de hoy

Por extraño que pueda parecer lo primero que debemos decir que el cielo es injusto. Si es cierto el adagio que afirma “así somos, así actuamos”: a un ser finito le corresponde un obrar finito. De ahí que el cielo sería un premio injusto puesto que se recompensarían eternamente nuestras buenas acciones, buenas sí, pero no eternas, dado que se trata de acciones de sujetos no eternos. Y, por lo mismo, si el infierno fuera un castigo infinito para acciones finitas de un ser finito… entonces, el infierno sería también un castigo injusto.

De hecho, el cielo sólo puede entenderse desde la desmedida del amor: al cielo le pasa lo que nos cuenta el evangelista Mateo en la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16): hay quien recibe más, mucho más, de lo que en principio podría esperar y merecer. En el cielo, así lo esperamos, nos convertimos en destinatarios de la generosidad sin medida del dueño de la viña. Podemos, a la sazón, hablar de la gratuidad última de la realidad: recordemos el “todo es gracia” que exclamaba el cura de Bernanos. Y ésta es nuestra apuesta: esperar que la última palabra sea la del amor –inmerecido y desmedido.

Hablar del infierno en el mundo de hoy

El catecismo de la Iglesia católica afirma la existencia del infierno (CIC 1033; 1035). No podemos negar esta posibilidad. También hay que recordar que no hay afirmación vinculante que nos obligue a creer que hay o habrá alguien en ese sitio o en esa situación. De ahí que el catecismo nos recuerde que “las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión (CIC 1036).

Cuando hablamos del infierno estamos aludiendo a una vida sin amor. Éste es el punto de partida: hacer del propio capricho ley para todos. La actitud de Jesús fue totalmente opuesta a ésta. Jesús se humilló (Filipenses 2,6-11) para llevar a cabo el servicio propio de los esclavos: lavar los pies (cap.13 del Evangelio de Juan). Los místicos también nos hablan de una descenso radical: “es propio del amor abajarse”, decía Teresa de Lisieux. Parece pues que lo que hace falta es con-descender con Cristo, descender con él hacia los infiernos para percibir que duelen, que son repulsivos. Entonces surgirá la pregunta: Señor, ¿qué quieres que haga?

Considero que hablar así del tema del infierno presupone el carácter performativo de la escatología. Sólo se puede afirmar –o negar– la realidad del infierno, evitándolo. Empeñándonos en la liberación de tantos hermanos y hermanas que se debaten dolorosamente en una realidad infernal: necesitamos “descender solidariamente -como hizo Jesús y proclamamos en el credo- a los infiernos” para “estar” con él y con sus -y nuestros- hermanos y hermanas.
 

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