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En la recerca de l'harmonia

Participé en una jornada de reflexiones compartidas, centrada especialmente en el ámbito de la pastoral educativa. Para favorecer el diálogo, los organizadores nos dividieron en pequeños grupos. Surgieron intervenciones de gran profundidad, formuladas con pausa, escucha y hondura. En el trasfondo de muchas de ellas se percibía un mundo marcado por la polarización: entre lo global y lo particular, lo excluyente y lo inclusivo, lo público y lo privado, la burocracia y la educación, el goce y el aprendizaje.

Estos dilemas resultan incómodos. La tentación frecuente consiste en suprimir uno de los polos para eliminar la tensión. Pero la polarización no se resuelve negando la complejidad, sino aprendiendo a habitarla.

La confrontación, el pulso, el enfrentamiento… son dinámicas dominantes en la vida pública. Basta con escuchar algunas declaraciones políticas: no se busca el diálogo, sino el choque y la descalificación del adversario. En muchos otros ámbitos ocurre lo mismo. La simplificación agresiva —el titular fácil, la frase hiriente, la imagen que desactiva la escucha— es destructiva. No hacen falta bombas. Basta con llenar el cielo de drones que han sido programados para demoler. Frente a esa lógica de fuerza, la búsqueda de la armonía propone otro camino. La armonía no significa uniformidad, sino integración respetuosa de las diferencias. Las tensiones entre opuestos no son amenazas, sino oportunidades de complementariedad. Así lo reconoce la sabiduría de muchas culturas: el yin y el yang en la tradición china, la dialéctica hegeliana entre tesis y antítesis, o incluso la visión bíblica de un Dios que une justicia y misericordia.

Mirar con ojos de armonía lo masculino y lo femenino, la razón y la emoción, la tradición y la innovación, no es diluir sus rasgos distintivos, sino resaltar la riqueza que cada uno aporta. La armonía nace de la fluidez, no de la rigidez. Acepta que dos ideas en tensión pueden ser simultáneamente verdaderas desde distintas perspectivas. Se cultiva con escucha, cuidado y apertura. Reconoce que del cruce de contrarios pueden emerger soluciones nuevas, más fecundas que cada polo por separado.

La alternancia de los opuestos no solo es inevitable: es vital. El crecimiento humano — personal, educativo, espiritual— necesita del ritmo, de la oscilación, de la tensión que no paraliza, sino que despierta. La armonía profunda no consiste en resolver todas las contradicciones, sino en habitar el misterio que las sostiene y conecta.

Una persona dominada por su ego difícilmente podrá vivir en armonía. El ego necesita ganar, imponerse, tener razón. Pero las verdaderas batallas se libran en el interior de cada uno. Como dice la madre al protagonista de Mi pie izquierdo: «Es en el corazón donde se ganan las batallas». Si no hay armonía interior, la polarización exterior seguirá imponiéndose. Podemos sentirnos ganadores, pero quizás a costa de perder lo más valioso: el amor, la paz, la felicidad compartida.

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