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El ministerio ordenado al servicio de la armonía

Jaume Fontbona

Jaume Fontbona, en un artículo de opinión publicado en la sección de opinión de Església de Barcelona, explica que el Documento final del Sínodo (núm. 68) sitúa los ministerios ordenados —episcopado, presbiterado y diaconado— al servicio de la proclamación del Evangelio y de la edificación de la comunidad. Su institución es de origen divino y ha sido precisada por el Concilio Vaticano II, que ha subrayado la sacramentalidad del episcopado, la comunión del presbiterado y la restauración del diaconado permanente en la Iglesia latina.

Fontbona recuerda que el ministerio de comunión que Jesús dio a los Apóstoles se ha transmitido a los sucesores: los obispos en su plenitud y los presbíteros y diáconos en aspectos particulares. Así, gracias al diálogo ecuménico, el ministerio ordenado puede definirse desde tres rasgos: personal, colegial y sinodal.

El rasgo personal se expresa como un don del Espíritu que confiere una identidad propia a cada ordenado: presidir al obispo, secundarlo y aconsejarlo al presbiterio, o asistirlo al diácono. Este don orienta la función de cada uno dentro de la Iglesia, asegurando que el ministerio ordenado sea un servicio y no un privilegio.

El rasgo colegial refleja la unidad dentro de cada orden: el colegio episcopal como único episcopado y el colegio presbiteral como único presbiterio en cada Iglesia local. El Sínodo destaca la necesidad de recuperar este sentido de comunión entre los miembros de un mismo orden, para que cada uno actúe dentro de un cuerpo unitario y coordinado.

El rasgo sinodal expresa el camino conjunto de todos los ordenados con la comunidad local, con otras Iglesias o dentro de la comunión universal. Esto muestra que el ministerio ordenado está al servicio de la armonía eclesial, es decir, de la comunión y unidad en la fe, convirtiéndose en un ministerio de comunión que trabaja por unir y coordinar toda la Iglesia.

Finalmente, Fontbona subraya que el ministerio ordenado es un servicio y no un poder: se debe excluir cualquier clericalismo. El ordenado actúa dentro de la “orquesta” diocesana dirigida por el obispo, cada uno con el don recibido, mientras que todos los bautizados son agentes evangelizadores y constructores del Reino de Dios gracias a la unción del Espíritu. Así, la armonía y la comunión son el corazón del ministerio ordenado.

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