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Un pentecostés consciente

Faltaban pocos días para la Pentecostés. Úrsula se detuvo ante aquella vieja placa de madera de pino agrietada por el tiempo. De repente, las voces de los niños parecían haberse desvanecido. Solo quedaba un silencio profundo. La placa llevaba inscrita la siguiente frase:

«En la fuente más interior, brotamos del Espíritu». (Maestro Eckhart).

A veces, de repente, sin ningún aviso previo, llegan a nuestra vida personas, situaciones, hechos, frases… que conmueven nuestra alma. El eco de aquella frase acarició un espacio muy profundo de Úrsula: «En la fuente más interior, brotamos del Espíritu».

Con los alumnos de su clase continuó la visita al monasterio y, interiormente, como si fuera un mantra, Úrsula se iba repitiendo aquellas palabras del Maestro Eckhart: «En la fuente más interior, brotamos del Espíritu». De pronto, Anna Orriols, una de sus alumnas, le tiró de la manga con curiosidad:

—Maestra, ¿por qué se ha detenido tanto tiempo frente a ese cartel de madera?

Úrsula no supo qué contestar. Se quedó en silencio unos segundos y luego, con una tímida sonrisa, le dijo:

—Vamos, Anna, venga, no te entretengas y sigue a tus compañeras hacia el claustro. ¡Ya verás qué bonito es!

De regreso a casa, mientras estaban en el autobús, Úrsula no podía quitarse del corazón aquella frase que había leído durante la visita a aquel monasterio milenario. La experiencia le había enseñado que, cuando un acontecimiento te llega tan adentro, hay que escucharlo con cuidado.

Desde muy pequeña, de manera natural, Úrsula había cultivado una sensibilidad especial para permanecer atenta y maravillada ante todo lo que la rodeaba. Sabía que nada sucedía por casualidad. Todo está conectado y, aunque no lo pudiéramos comprender al primer momento, todo tenía un sentido mucho más profundo de lo que podía parecer a simple vista. Pero, ¿qué quería decirle Dios en aquel momento con aquella frase del Maestro Eckhart? No era cuestión de darle vueltas. Eso también lo sabía Úrsula. Simplemente, había que dejar espacio para ver hacia dónde la conduciría aquella frase: «En la fuente más interior, brotamos del Espíritu».

Úrsula tenía plena confianza en el Amor Eterno de Dios que ya había podido experimentar desde muy joven. Su alma sabía perfectamente que en Él nos movemos, existimos y somos. Y también tenía la certeza de que el Espíritu no es una fuerza abstracta, sino Dios mismo actuando en el corazón del mundo, sosteniendo la vida y renovando todas las cosas.

Úrsula había cumplido hacía pocos días cincuenta años. Y uno de los propósitos interiores que se había planteado era intentar vivir más atenta y abierta a las inspiraciones del Espíritu. He aquí, tal vez, por qué aquella frase del Maestro Eckhart había llegado en el momento más oportuno.

El Espíritu es savia que hace que la vida sea realmente Vida, y Úrsula anhelaba vivir una Pentecostés, una Vida, más consciente y despierta, desde una espiritualidad que le ayudara a vivir desde la esencia (y no desde la apariencia).

Desde hacía tiempo experimentaba una conexión especial con su identidad más profunda, con su alma poliédrica, y por eso se preguntaba cada mañana, al despertarse:

—¿Qué ensancha mi alma?

También le gustaba recordarse a sí misma que Jesús, en la tradición cristiana, es quien vivió plenamente bajo la inspiración del Espíritu Santo. Un Espíritu que nos conecta y nos liga desde dentro con esa Fuente, que es Misterio de Amor y de Luz. Un Espíritu que nos ayuda a peregrinar hacia el fondo de nuestro Centro y a ensanchar nuestra conciencia para que nuestras almas vivan bien abiertas a sus inspiraciones. Inspiraciones que, a menudo, nos llegan en forma de susurro en el «débil murmullo del silencio», como el profeta Elías (cf. 1 Re 19,9-13) o mediante una frase del Maestro Eckhart. Un Espíritu que no tiene fronteras, que nos hace darnos cuenta de que es posible la unidad en la diversidad y nos ayuda a vivir desde la transparencia, la autenticidad y la verdadera paz.

Sí, Úrsula estaba bien convencida y decidida. Sí, aquella sería, sin ninguna duda, una Pentecostés diferente, un tiempo para dejarse llenar por la presencia luminosa y el dinamismo del Espíritu. Tras medio siglo de vida, había llegado el momento de volverse tan receptiva como fuera posible al Espíritu Santo, que crea, habita, ama compasivamente y dinamiza el mundo. Era el momento oportuno para dejarse guiar por el Espíritu, para aprender a vivir a nivel del alma y tener el valor de ser una persona real y auténtica. No tenía miedo. Al fin y al cabo, ya lo decía aquella vieja madera de pino: «En la fuente más interior, brotamos del Espíritu».

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