Travesías hacia la resurrección
No se llega de golpe a la resurrección. Normalmente, hay que transitar por determinadas travesías que conducen a ella. Me detengo en tres. La primera, la muerte. Para resucitar, antes hay que morir. Adentrarse en un terreno ignoto. Desprenderse de todo para conseguirlo todo. Dejar la vida temporal para alcanzar la vida eterna. El miedo nos acogota ante la travesía de la muerte. Una realidad que he vivido desde pequeño. En mi infancia, murió mi padre. En mi adolescencia, mi madre. En la plenitud de adultez, un hermano, una hermana, otro hermano… Y ahora, mi propia muerte se dibuja como una realidad inesquivable. Los círculos concéntricos se van estrechando. Ya no son los demás. Yo también tengo mi hora. Las palabras de Ignacio de Loyola al despedirse de Javier en El divino impaciente lo recuerdan: “No te acuestes una noche sin tener algún momento meditación de la muerte y el juicio, que a lo que entiendo, dormir sobre la esperanza de estos hondos pensamientos importa más que tener por almohada, piedra o leño”.
La segunda, la travesía del vacío para lograr la plenitud. La tumba vacía es el vericueto para llegar a la resurrección. El vacío, el abismo… causa vértigo. Para agarrarse a una realidad nueva, hay que vaciarse las manos de todas las demás cosas. Vaciarse es desprenderse. Soltar cuesta. Genera inseguridad y desamparo. A menudo, es más difícil cuanto menos vale. El ego se nos agarra como una lapa pegajosa. Causa sensación de abrigo, pero nos encadena y nos impide vivir en libertad.
La tercera, la travesía del infierno al cielo. En la formulación del Credo, se afirma con toda claridad: “Descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos”. Dante lo escribió de manera magistral en La divina comedia. Para llegar al paraíso, hay que pasar por el infierno y el purgatorio. Pasar por la soledad, la desesperanza, el abandono, el silencio… La cuarta palabra de Cristo en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” La angustia, la depresión, el dolor inmenso. Cada uno conoce su propia historia. Santa Teresa de Lisieux también pasó su propio infierno: “Tenía entonces grandes pruebas de toda clase (hasta preguntarme a veces si había un cielo)”. Nietzsche escribió: “Todo el que alguna vez construyó un cielo nuevo encontró primero en su propio infierno el poder necesario para ello”. Travesía durísima.
Muerte, vacío, infierno… no son muros, sino travesías hacia la resurrección. En la minisèrie Misa de medianoche, dirigida por Mike Flanagan en 2021, el P. Paul, la fanática Bev, la comunidad de Crockett Island se enfrentan a la fe, la culpa, la mortalidad y el autoengaño colectivo. Al final, un grupo numeroso de fieles acepta la muerte desde la entrega confiada, mientras canta con gran serenidad y paz interior Nearer My God Yo Thee (Más cerca, Dios mío, de ti), basado en Génesis 28 en pasaje de la escalera de Jacob. Se cree que este canto fue la última interpretación de la orquesta del RMS Titanic antes de su famoso. Fue la última palabra de Jesús en la cruz: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. La confianza es la travesía final hacia la resurrección.