Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz
“Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz” (Seven Last Words of Christ) fue la composición musical de Franz Joseph Haydn interpretada por el Cuarteto de Cuerda Classicambra de la Orquesta Sinfónica Julià Carbonell de las Tierras de Lleida en el Aula Magna del Instituto de Estudios Ilerdenses el 2 de marzo de 2007. El público, que llenaba la sala a rebosar, ovacionó a los músicos Vasil Lambrinov, Fernando Cleves, Albert Flores y Teresa Valls. Respetando la intención del autor, cada fragmento musical correspondiente a una palabra iba precedido por la lectura de un texto que compuse y leí para la ocasión, y que, después de esta introducción, reproduzco fielmente.
Haydn, coetáneo de Mozart y, como él, también austríaco, dedicó los últimos años de su vida a la composición de música sacra, como el Oratorio de La Creación, de gran belleza.
El tema de las siete palabras de Cristo, dentro de la tradición cristiana, ha sido recurrente en las celebraciones cuaresmales, especialmente en la festividad del Viernes Santo, porque se sitúa en el marco de la pasión y muerte de Jesús y porque representa su testamento espiritual. La última palabra de una persona siempre tiene un sentido de síntesis y culminación de su vida.
Xavier Rubert de Ventós citó hace años en un artículo suyo esta parábola: “Cuentan de un monje tan santo y sabio que, después de toda una vida de estudio y meditación, no había pronunciado jamás una sola palabra. Todos los monjes del monasterio respetaban y veneraban su sabiduría, pero al cumplir 85 años y decaer su salud, le pidieron que hablara por fin. ‘Antes de morir, danos una breve síntesis de todo lo que has aprendido y contemplado en estos años. No te vayas sin dejarnos un fragmento, una pista que nos ayude en nuestro estudio y nos oriente en la contemplación.’
El anciano les respondió con una sonrisa, pero siguió sin decir nada. A medida que su salud empeoraba, los jóvenes monjes se impacientaban. Ya en el lecho de muerte, lo increparon y lo sacudieron para arrancarle, aunque fuera una chispa de su tesoro espiritual. ‘No seas egoísta ni cruel. No te lleves contigo todo lo que has acumulado y que puede servirnos de luz y guía.’ Pero el anciano permanecía en silencio, imperturbable, mientras los monjes empezaban incluso a golpearlo. Sólo en el momento de exhalar el último suspiro pronunció una palabra, su única palabra: ‘Fuego.’ Y el monasterio empezó a arder.”
En nuestra cultura, la palabra ha perdido la consistencia y la fuerza de hacer realidad lo que dice. En Jesús, que habla con autoridad, la palabra es eficaz y un camino de revelación. Se trata de escucharlo y, como María, meditar su contenido en nuestro corazón. Si estos comentarios te ayudan, adelante. En caso contrario, olvídalos.
PRIMERA PALABRA
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)
Una mujer está mirando la televisión. Una vez más aparecen las imágenes del atentado terrorista. Su corazón sangra de dolor. Le recuerda la muerte de su hijo, víctima inocente de una explosión indiscriminada. Piensa en los verdugos. Primero se indigna; después, con el alma rota, exclama: «No sabéis lo que habéis hecho.» Y… quiere perdonar.
Ante la injusticia, se clama venganza. De este modo, la espiral asciende hasta límites incontrolables. Jesús rompe esta dinámica perversa pidiendo el perdón para sus verdugos, a quienes atribuye ignorancia más que maldad. Como Jesús anuncia el Evangelio con valentía, los poderes desean eliminarlo porque les resulta incómoda la voz de los profetas. La vieja historia de matar al mensajero para dejar de oír el mensaje. Pero precisamente su muerte es el mejor mensaje: una muerte injusta que no le impide amar hasta el final; una muerte injusta que no le impide pedir al Padre perdón y misericordia para quienes le infligen sufrimientos y dolores extremos. Este es el primer camino hacia la reconciliación y la paz.
SEGUNDA PALABRA
Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43)
Un hospital de provincias. Sala de enfermos terminales. La chica joven, demacrada por los estragos del sida, está a punto de morir. El enfermero le coge la mano y hunde su mirada en los ojos temerosos y tiernos de la paciente. La muchacha, con una voz casi imperceptible, le dice: «Gracias. Te espero en el paraíso.» El joven le sonríe con lágrimas en el corazón.
Jesús, sentenciado entre dos ladrones. Dimas, el llamado “buen ladrón”, y otro, anónimo, considerado el malo. Pero este no es el punto de vista de Jesús. Dimas es el símbolo de la pobreza, y el otro es el símbolo de la marginación: lucha, blasfema, insulta. Jesús no lo rechaza, sino que muestra que el camino de sanación pasa por reconocer la propia culpa y abrirse al bien. Este es el camino del paraíso que ha iniciado Dimas. El ladrón marginado también podrá recorrerlo. Jesús no le cierra la puerta, sino que le señala la senda. No hay juicio. Los dos ladrones no son inocentes, pero tampoco son más culpables que quienes han condenado a Jesús o han pedido su ejecución. Ambos son los compañeros de Jesús en la cruz.
TERCERA PALABRA
*Mujer, aquí tienes a tu hijo.
Aquí tienes a tu madre* (Jn 19,26‑27)
En un pueblo perdido de Siberia. La pareja espera en la sala del orfanato. Vienen de muy lejos. Han hecho una gran inversión. Su hogar estallará pronto en gritos infantiles de juego y alegría. Ahora solo resuenan voces adultas. Se han decidido por la adopción. Los trámites han sido largos y pesados. Llega la educadora con un niño de dos años. Les dice: «Aquí tenéis a vuestro hijo.» Y al niño le dice: «Aquí tienes a tus padres.»
Jesús acepta la realidad biológica y emocional del vínculo entre padres e hijos. Es un lazo que vive con alegría y que remite a otro vínculo aún más profundo: el vínculo con Dios, que crea una nueva relación entre las personas. María sigue el mismo criterio. Vive y ama como mujer y como madre, pero sabe que la escucha y el cumplimiento de la palabra de Dios generan lazos todavía más fuertes.
Ambos están unidos por la sangre y están unidos por la fe. María no teme ver morir a su Hijo, aunque una espada le atraviese el alma. Permanece al pie de la cruz, de pie, junto a Él. Jesús quiere que María continúe su maternidad con los hijos de la nueva comunidad cristiana. Juan, el discípulo amado, recibe el regalo de una relación nueva. A través de él, nos llega también a nosotros.
CUARTA PALABRA
Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní? —que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34)
La foto está, como siempre, sobre la mesa del escritorio. El rostro de una persona joven, vital y alegre. Es un recuerdo del viaje que hicieron hace muchos años. La mujer, ahora viuda, lucha contra una soledad abrumadora. La muerte de su marido la ha sumido en la ausencia.
De vez en cuando, cuando el corazón se oscurece, exclama: «¿Por qué me has abandonado?»
El abismo del dolor y de la falta de sentido puede generar el vértigo de la soledad radical. Hay situaciones en la vida en las que los interrogantes se amontonan sin hallar respuesta. Una persona quiere adentrarse en el corazón de Dios y la oscuridad la envuelve. Los “porqués” pueden formularse, pero están condenados a no obtener una respuesta satisfactoria. Jesús experimenta la noche oscura del alma, como si hubiera perdido la conexión con Dios. Esta es la palabra más dramática pronunciada por Él. Puede escandalizar a quien la escucha, pero si Jesús pasa por estas dificultades, todo creyente sabe lo que puede esperar. Solo quien pierde a Dios puede recuperar a Dios.
Solo quien se siente solo puede llegar a vivir acompañado. Este abandono es la puerta que nos abre al misterio del Amor de Dios.
QUINTA PALABRA
Tengo sed (Jn 19,28)
Etiopía. La tierra está llena de grietas. Hace tanto tiempo que no llueve… Las chozas del poblado resisten como pueden el calor de un sol despiadado. Unos niños, a la sombra, no tienen fuerzas ni para jugar. Una niña ve a su madre, se levanta como puede y camina hacia ella. Cae.
La mujer recoge a su hija con dolor y ternura, pero la voz infantil le parte el corazón cuando dice: «Mamá, tengo sed.»
La crucifixión provoca una sed terrible. Los estudios así lo muestran. Jesús no está representando una obra teatral: vive en su carne el dolor inconmensurable de una muerte injusta.
Llega al límite del sufrimiento y de la resistencia, pero sabe expresar sus necesidades. Igual que hizo una vez con la mujer samaritana, a quien dijo: «Dame de beber.» Él, la fuente del agua viva, manifiesta sed. Vive la humildad de reconocerse débil, de permitir que lo ayuden. El cristianismo es una invitación a valorar la realidad del cuerpo. Jesús, encarnado, se hace en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. La sed es también símbolo de amor a la vida, de conexión con la tierra, de sencillez humana. La grandeza de Dios se descubre en los pequeños detalles de la existencia.
SEXTA PALABRA
Todo se ha cumplido (Jn 19,30)
Aeropuerto de un país latinoamericano. Un joven sube la escalerilla del avión que lo llevará de regreso a su país y a su familia. Ha pasado tres años como cooperante. La despedida fue emotiva. Ha dedicado los mejores años de su vida a poner en marcha un proyecto social entre los más pobres. Los lleva en el corazón. Cuánto los quiere. Gira la cabeza en una última mirada y dice: «Todo se ha cumplido.»
No importa que la vida sea corta, sino que sea plena. No importa construir mil proyectos, sino realizar el sueño de Dios en la propia vida. No importa correr y avanzar rápido, sino acertar en el blanco. No importa hacer muchas cosas, sino llevar a cabo las más significativas. El balance final no podía ser mejor: «Todo se ha cumplido.» No se trata de mucho o de poco, sino de todo. Jesús manifiesta una dedicación absoluta. Los planes de Dios, mientras Él ha estado en el mundo, han guiado su vida y su conducta. Cada uno de sus pasos ha sido una invitación al Reino de Dios, a curar enfermos, a sanar corazones heridos… Una vida vivida desde el amor tiene garantizada su plenitud. Ahora ya puede morir en paz. Solo le queda la última palabra.
SÉPTIMA PALABRA
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46)
Su biografía parece una novela. Siempre ha sido un buscador. Errores, tantos como se quiera. Olvidó a Dios durante muchos años. Se apartó de la fe de sus padres. Las crisis existenciales le han hecho sufrir mucho. Poco a poco ha encontrado la luz. Ahora, con su familia rodeando su cama, reza sin reservas: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
En pocos instantes, Jesús ha pasado por todo: perdón, solidaridad con los pobres, amor filial, soledad abismal, sed insoportable y convicción de una vida cumplida. Le queda el último paso. Dios ya es Padre. La soledad ya es confianza. La muerte aún es aliento. Las manos son acogida. La ascética ya no tiene nada que decir. Solo queda espacio para la mística. No es hacer, sino dejarse hacer. No es conquistar, sino dejarse poseer. No es palabra, sino silencio. No es poder, sino confianza.
No es muerte, sino vida. Los “porqués” quedan atrás. Solo queda horizonte para el misterio. Dios creó el mundo en siete días. Jesús nos abre un mundo nuevo en siete palabras que, desde el Viernes Santo de 1787, han estado acompañadas por la música de Haydn y por diversos comentaristas. Música y palabra para adentrarnos en el misterio que nos conduce a la dimensión del Espíritu. Escucha y confía.