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El valor infinito de la persona

Cada cierto tiempo doy una conferencia a un grupo de personas mayores que viven en una residencia donde reciben cuidados diarios para su bienestar y su salud. Tengo libertad para escoger el tema y orientarlo según considere más oportuno. En la última ocasión me arriesgué con una reflexión de gran calado filosófico y humanista, pero que fue muy bien acogida. Hablé sobre la dignidad humana a partir de una declaración vaticana titulada Dignitas infinita.

El documento parte de una afirmación radical: todo ser humano posee una dignidad inmensa e inalienable por el simple hecho de existir. Esta dignidad permanece más allá de cualquier circunstancia, independientemente de las limitaciones físicas, psicológicas, sociales o morales, tal como afirmó el papa Francisco en Fratelli tutti. No se concede, no se negocia y nunca se pierde. También la posee el ser humano no nacido, la persona en estado de inconsciencia, el anciano en agonía, quien padece graves discapacidades mentales o incluso el peor de los criminales. Es lo que recibe el nombre de dignidad ontológica.

La declaración distingue además otras tres dimensiones de la dignidad. La dignidad moral consiste en el ejercicio de la libertad humana conforme a la ley del amor. Puede perderse cuando se obra mal, aunque la dignidad ontológica permanezca intacta. La dignidad social hace referencia a las condiciones materiales en las que vive una persona: pobreza extrema, trabajo degradante, marginación o violencia. Finalmente, la dignidad existencial expresa la capacidad de vivir con paz, esperanza y sentido incluso en medio del sufrimiento. Las enfermedades graves, los traumas o las adicciones pueden quebrarla profundamente. Estas tres dimensiones pueden deteriorarse o perderse, pero no así la dignidad ontológica.

Diversos autores han intentado expresar este núcleo inviolable de la persona mediante otras imágenes y lenguajes. Thomas Merton habla del pointe vierge —el punto virgen— como el centro más profundo e intacto del ser humano. No es una conquista, sino un don que remite al ámbito místico. Simone Weil afirma que en cada persona hay algo sagrado, infinitamente frágil e infinitamente valioso. Etty Hillesum escribió en su diario: “La única cosa que verdaderamente importa es un trocito de ti en nosotros, Dios mío”. Y Karl Rahner entendía al ser humano como un ser finito estructuralmente abierto al infinito.

La dignidad ontológica, como núcleo luminoso, íntegro e intocable, constituye el fundamento último de los derechos humanos. Surge entonces una pregunta inevitable: si la dignidad es infinita, ¿por qué el mundo contemporáneo la vulnera con tanta facilidad? La cultura del descarte sigue considerando prescindibles a demasiadas personas: ancianos, pobres, enfermos o trabajadores invisibles.

Precisamente por eso, al finalizar mi intervención, tuve la impresión de que aquella residencia era mucho más que un centro asistencial. Era un espacio de dignidad compartida. Un lugar donde cada persona seguía siendo reconocida no por su utilidad, productividad o autonomía, sino simplemente por su condición humana.

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