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El ángel de Rilke: poesía para decir lo inexpresable

El ser humano se explica a sí mismo mediante el símbolo y el mito. Todas las culturas construyen relatos simbólicos para expresar su visión del mundo, la existencia y el destino. Así, conocer e interpretar los relatos de la propia cultura y de las demás es una forma de acceder a la diversidad y profundidad de experiencias y reflexiones sobre la condición humana, y una manera de entenderlas y comprendernos a nosotros mismos.

Es en este marco que se desarrollan las distintas conferencias del Diploma en Mitología y Simbología del ISCREB, que buscan aportar herramientas necesarias para adentrarnos en esta «cartografía del ser humano» que son los símbolos y los mitos. La última ponencia fue impartida por el doctor Iván Sánchez Moreno a finales de noviembre de 2025, y se centró en «El ángel de Rilke: poesía para decir lo inexpresable».

Según el doctor, la trayectoria académica y personal de Rainer Maria Rilke comienza con su inscripción en la Universidad de Praga en 1895 y, un año después, en la Universidad de Múnich. Durante esta etapa conoce a Lou Andreas-Salomé, con quien mantiene una relación compleja y duradera, que combina amistad y amor y que se convierte en clave en su vida.

Desde el principio, Rilke muestra interés por la religiosidad y la búsqueda del sentido de la vida a través de la fe y la poesía. Aun así, se siente solo e insatisfecho, con un malestar atribuido al «sentir de la existencia», más allá del estado físico o espiritual. Viviendo como un exiliado permanente, sin raíces familiares ni domicilio fijo, cambia de país e idioma, y encarna en su propia persona la figura del Wanderer romántico.

Guillermo de la Torre, ensayista y poeta español, señala tres características clave de la biografía de Rilke: ausencia de familia, ausencia de patria y ausencia de una profesión estable, que le generan inseguridad y dependencia de la inspiración. Este estilo de vida provoca crisis psicosomáticas, misantropía e hipocondría, a la vez que despierta su interés por el psicoanálisis como manera de entender los procesos creativos. Lou Andreas-Salomé señala que el sufrimiento de Rilke también constituye una forma de narcisismo, utilizada como base de su identidad artística.

Aun así, Rilke se casa con la escultora Clara Westhoff en 1901 y tienen una hija, Ruth, pero el matrimonio dura solo un año y medio, hecho que refuerza su sensación de arraigo imposible. Entre 1905 y 1906 trabaja como secretario de Auguste Rodin, pero es despedido por vaguear; abandona el trabajo para buscar inspiración, y esto le genera miedo a la pobreza y a la locura. Durante estos años, alterna períodos de gran productividad con bloqueos creativos, rechazando a menudo sus propios escritos o corrigiéndolos continuamente.

El 21 de enero de 1912, después de una noche de insomnio en el castillo de Duino, Rilke tiene una revelación que inspira las primeras Elegías de Duino. Esta experiencia simboliza su comprensión de los ángeles como seres terribles pero imprescindibles para la poesía. Durante una estancia posterior en España, visita Córdoba, Sevilla, Toledo y Ronda, y encuentra en esta última ciudad una inspiración profunda, con símbolos recurrentes como el puente de San Cristóbal y las «lluvias de estrellas».

Aun manteniendo vínculos con psicoanalistas como Victor von Gebsattel, Paul Biot, Jacob Wassermann y Sigmund Freud, Rilke nunca se somete completamente a la terapia, por miedo a perder el sufrimiento, que considera esencial para su creatividad. Su concepción de la poesía se centra en captar a Dios a través de los ángeles inspiradores, superando las limitaciones morales y conscientes y transformando lo visible en invisible.

Entre 1915 y 1922, a pesar de la Primera Guerra Mundial, completa las seis Elegías de Duino pendientes, y consolida la figura de los ángeles como elementos literarios y espirituales que le permiten expresar lo divino y transfigurar el sufrimiento y la belleza a través de la poesía.

Rilke mantiene esta visión hasta su muerte, en 1926, después de padecer leucemia; entonces reconoce el efecto curativo de su encuentro con Freud y el poder creativo de los ángeles sobre su obra.

 

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