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La tentación del funámbulo

Nik Wallenda cruzó el 2 de noviembre de 2014 una distancia de 28,6 metros entre dos rascacielos de altura desigual en Chicago en menos de siete interminables minutos. Caminó sobre un cable a 183 metros del suelo, desafiando el vértigo, el viento y el riesgo permanente de una caída. Posteriormente recorrió otro tramo con los ojos vendados. La hazaña de este funámbulo, que avanzaba rítmicamente por el alambre sosteniendo una larga barra de equilibrio, fue transmitida en directo. Para el acróbata solo existen dos puntos de total seguridad: el lugar de salida y el lugar de llegada.

Esta imagen del funámbulo me vino a la mente al leer el contenido del Global Risks Report 2026, elaborado por el Foro Económico Mundial. El resumen del informe advierte que el mundo entra en una década marcada por una competencia intensa, una creciente fragmentación global y riesgos cada vez mayores —especialmente geoeconómicos, tecnológicos y sociales—, mientras que los riesgos ambientales continúan siendo los más graves a largo plazo. En esta constelación de amenazas, el informe señala de manera específica para España la desinformación y la polarización social, dos fenómenos estrechamente relacionados.

Para el funámbulo, la seguridad se halla en los extremos. Sin embargo, el verdadero problema no es que un extremo sea de derechas o de izquierdas, sino que sea extremo. Los extremos se tocan porque se alimentan de los mismos mecanismos psicológicos y se instalan en una seguridad patológica, sin matices ni apertura. La polarización social se agrava por la desinformación, y la sociedad se divide cada vez más en bloques que apenas comparten referentes comunes. Una consecuencia especialmente grave es la desaparición del espacio intermedio, del espacio compartido. Con ello se diluye el bien común, se resquebrajan la solidaridad y los proyectos colectivos, y se erosionan los escenarios de comunión social. El debate público se empobrece, el consenso se vuelve imposible, el diálogo se sustituye por el insulto, y la verdad cede su lugar a la mentira y la manipulación. De nuevo, el papel de la educación se revela imprescindible, junto con la urgente alfabetización digital para combatir la desinformación.

En este contexto se produce una clara pérdida de equilibrio. Desaparecen los funámbulos, guiados por la ponderación, la mesura, la delicadeza y la conciencia de la propia vulnerabilidad. En su lugar emergen los fanáticos, firmemente instalados en los extremos, vociferando consignas, amenazando y agrediendo. Los extremos se necesitan mutuamente para consolidarse y rompen las reglas del juego democrático. Ya ni siquiera existe el cable por el que el funámbulo avanzaba con pausa y determinación. Al desaparecer lo común, se deteriora la estabilidad de un país y se dificulta la respuesta a otros riesgos económicos, tecnológicos, geopolíticos o ambientales.

La tentación del funámbulo consiste en abandonar el cable para refugiarse en los extremos. Al hacerlo, deja de ser acróbata y pierde el espacio intermedio que hace posible el equilibrio. Urge rescatar el bien común. Para ello es necesario reforzar el contrato social y proteger a los más vulnerables. Los funámbulos desafían la amenaza con su habilidad y su equilibrio; los extremos prometen seguridad, pero representan hoy la mayor amenaza social.

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