Joan Hernández: «La protección de la vida y del medio pueden ser un espacio de encuentro»
Calles convertidas en ríos, el agua que inunda ciudades y pueblos han sido imágenes frecuentes estos días. Los episodios de lluvias torrenciales, cada vez más intensos e imprevisibles, hacen pensar en la vulnerabilidad humana. Cuando el clima se desborda, no sólo pone a prueba la infraestructura urbana, sino también la capacidad como sociedad para entender que el medio ambiente es un factor de equilibrio crucial para el ser humano y el resto de especies del planeta.
En este contexto de crisis climática, hablar del planeta Tierra es una necesidad. La crisis del agua, que hace pasar sin transición de la sequía a las inundaciones, tiene un impacto directo en la vida de las personas y acentúa las desigualdades existentes. Educar hoy exige dar respuesta a estos fenómenos, ofreciendo herramientas para analizar la realidad desde un pensamiento crítico, consciente y vinculado a la justicia social.
Por eso la Universidad Internacional de Cataluña, Religions4ecology, la Fundación Escuela Cristiana de Cataluña y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona proponen un curso gratuito los próximos 15, 22 y 29 de octubre. Bajo el título “Un planeta compartido”, la formación trata la relación entre agua, paz y diálogo interreligioso desde una perspectiva pedagógica basada en la experiencia.
"Partimos del agua como una realidad cotidiana, social y simbólica, a veces invisible en la dimensión que puede aportar, hacemos una aproximación del agua desde diferentes dimensiones", explica Joan Hernández, profesor y coordinador de la propuesta. "A través de la exploración sensorial, los datos sobre el acceso desigual y el diálogo entre tradiciones, el profesorado puede pasar de ver el agua sólo como un recurso a entenderla como una condición esencial para la vida, compartida por personas, comunidades y otras especies", describe. «La propuesta -contínua- permite relacionar la mirada con el cuidado, la interdependencia y la justicia ambiental».

El agua, presente en todas las tradiciones espirituales
El agua, más allá de su naturaleza física, es un elemento presente en todas las tradiciones espirituales y culturales del mundo. Desde las abluciones hasta los bautismos o rituales de purificación, el agua ha sido un punto de encuentro de la humanidad. Utilizar este eje común en las aulas permite conectar la diversidad religiosa y cultural en las escuelas catalanas, construyendo un espacio de diálogo centrado en lo que nos unifica como comunidad humana.
«Aprendemos cómo diferentes tradiciones (el cristianismo, el islam, el judaísmo, el hinduismo, el budismo y las tradiciones indígenas) interpretan el agua y su relación con la vida, la comunidad y el cuidado», explica Hernández. A través del agua, la comparación de textos, rituales y testigos, se identifican coincidencias y diferencias sin reducir las tradiciones a una sola respuesta, "así, la protección de la vida y del medio puede convertirse en un espacio de encuentro, manteniendo el respeto por las convicciones religiosas y no religiosas", concluye el profesor.
Aprendizaje real a través de la experiencia
Pero, para que esta reflexión arraigue en serio, hay que cambiar la manera de acercarse a ella. Los discursos teóricos o la simple memorización de datos se quedan en la superficie; el aprendizaje real comienza cuando la realidad se atraviesa desde la experiencia y los sentidos. «El hilo pedagógico del curso es la experiencia, la interpretación y la aplicación, para producir una transformación en la mirada», asegura Hernández, «primero, el profesorado observa y explora el agua con los sentidos, después, interpreta sus significados (como la vida, la renovación o la purificación) a través de textos, testimonios, diálogo y expresión artística, y, finalmente, de con una acción o una pregunta de sostenibilidad en el aula o en el entorno local».
Observar la transparencia o la polución del agua, experimentar la sensación de necesidad a través del ayuno o canalizar ideas de futuro mediante la acuarela son actividades que conectan el cuerpo con el intelecto. Cuando una experiencia se vive con sentido, la comprensión gana profundidad y perdura.
Inundaciones

Inundacions I Pixabay
«La reflexión personal, los relatos, los datos y el diálogo sobre los valores de las tradiciones pueden ayudar al alumnado a expresar esta preocupación, reubicarla con sentido, ya comprender mejor la crisis… el paso de la experiencia a la interpretación y la aplicación permite orientarla hacia la esperanza, la cooperación y compromisos posibles en el aula o en el entorno local».
Agenda 2030
Esta mirada vivencial también ayuda a destapar las grandes incongruencias de nuestro día a día. «¿Cómo puede ser que el elemento más sagrado y esencial para la vida sea, a la vez, el más malgastado y peor distribuido? ¿Cómo encaja la sacralidad de la naturaleza con el consumo energético e hídrico masivo que exigen tecnologías como la inteligencia artificial?», se preguntaron los organizadores del curso. Plantear estos debates en el aula o canalizarlos mediante herramientas creativas como el podcast, permite que los jóvenes identifiquen las tensiones del mundo actual y busquen alternativas basadas en la ética y la responsabilidad.
Todo este enfoque conecta con los retos globales fijados por la Agenda 2030, en especial en lo que se refiere a la educación de calidad, el acceso al agua y la construcción de sociedades en paz. Hacer de esta diversidad cultural un activo pedagógico implica dotar al profesorado de propuestas prácticas y aplicables, capaces de convertir al grupo clase en un laboratorio de convivencia. "El objetivo final no es sólo aprender sobre las religiones o el clima, sino formar ciudadanos capaces de escucharse, de entenderse y de cooperar en el cuidado del bien común", apunta la organización.
Ante la fuerza incontrolable de una tormenta o incertidumbre del cambio climático, la mejor respuesta es la construcción de comunidad. Lo que se entiende desde la vivencia tiene el poder de transformarse en acción transformadora. Asumir que compartimos un mismo planeta exige dejar atrás el individualismo y aprender a gestionar nuestro entorno desde la solidaridad, el respeto y la cooperación.

Niños que se limpian la cara y las manos con agua en Afganistán I UNICEF