Hacernos dignos de paz
¿Es posible la paz hoy? ¿Cómo podemos ser constructores de paz? ¿Qué puedo hacer yo por la paz?
¿Cómo puedo detener la guerra?
Son preguntas que se hace un compañero que vive en Siria, en la zona de Alepo, donde la población fue bombardeada y donde conviven un grupo de cristianos y musulmanes comprometidos en la ayuda a familias, ancianos, jóvenes e infancia, víctimas de la guerra. Allí, cada día, los voluntarios se encuentran con la experiencia de la violencia y con la necesidad de repartir un trozo de pan y de esperanza entre muchas bocas hambrientas.
Hoy nos hacemos muchas otras preguntas. Algunas, sin una respuesta inmediata, nacen de la impotencia de no poder ofrecer soluciones reales. Esta sencilla reflexión puede ayudarnos a mantener la esperanza y a sentirnos solidarios con un mundo global que, a tientas, busca la justicia y la paz en medio de fuerzas destructoras.
A lo largo de la historia de la Iglesia no han dejado de resonar llamadas constantes a construir la paz, a ser portadores de paz. Incluso, en algunos momentos de la historia, la comunidad cristiana ha caído en las trampas de la guerra. Y, en medio de violencias y contratiempos, siempre han resonado las palabras de Jesús: «La paz sea con vosotros. No tengáis miedo…». Es el saludo de Cristo resucitado.
La paz comienza por uno mismo cuando somos capaces de reconocer en el otro a un ser humano y no a un enemigo. Es un compromiso personal de amar y respetar al otro. Vivir en una actitud de paz interior es un desafío en medio de las tensiones que se generan en nuestro corazón. En el fondo de nosotros mismos se mueven fuerzas contradictorias que nos empujan a actuar de una determinada manera. Hay que estar atentos y pacificar nuestro interior.
En este sentido, la paz es un regalo, un don, que hay que desear, buscar y acoger. Como nos dice el Salmo 33: «Busca la paz, procura conseguirla».
Si nuestro corazón vive en paz, transmitiremos paz. Esto no quiere decir que no vivamos las tensiones de un día ordinario y que, en alguna ocasión, no salga la rabia y el odio que llevamos escondidos. Lejos de ser un mal para uno mismo, si sabemos aceptar estas reacciones oscuras y hacerlas conscientes, nos podrán ayudar a ser constructores de paz y arquitectos de puentes.
Un segundo desafío puede ser llevar la paz a nuestras relaciones cotidianas. Nos damos cuenta de que las personas nos agredimos fácilmente con palabras o con hechos: asesinatos, violencias, abusos, insultos… Vivir unas relaciones nuevas es un desafío constante: relaciones basadas en la escucha, el diálogo y el respeto.
El Sínodo sobre la sinodalidad nos plantea la «conversión de las relaciones». Nos es muy necesario pacificar nuestras relaciones, ver a quien tengo a mi lado en el metro, en el autobús, en mi casa, al vecino de la escalera, en el trabajo, como una persona que tiene una dignidad y que es digna de respeto.
En tercer lugar, la paz es un desafío mundial. Estamos en plena escalada armamentista, en una nueva carrera de armamentos. Las naciones más poderosas y los grupos de poder se enfrentan hasta llegar a la mutua destrucción. Las naciones se están armando. Y este proceso armamentista lo pagamos entre todos, en impuestos y en vidas humanas.
El papa León XIV nos pide una «paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Esta paz proviene de Dios, que nos ama a todos de manera incondicional». La paz mundial no puede fundamentarse en el miedo a quien tiene más armas para dominar con violencia y fuerza.
El camino de la paz es el diálogo. En un mundo polarizado, la Iglesia está llamada a construir puentes de diálogo: ser un instrumento de reconciliación, ofreciendo espacios de reconciliación; facilitar la acogida de formas diferentes de entender y ver la realidad; fomentar el diálogo y el encuentro entre las personas. Es necesario comprometerse en una cultura del diálogo y de la escucha.
Estamos viviendo en un mundo de mucha movilidad humana. Personas que tienen que marcharse de su país y dejar atrás su casa, su familia y, en muchos casos, su propio trabajo. Buscan otra realidad mejor. Quienes ya nos encontramos bien donde estamos y lo tenemos casi todo deberíamos mostrar una actitud de acogida.
Me parece que la acogida, la integración por parte de la persona migrante y la responsabilidad de los gobernantes, haciendo una buena gestión de los flujos migratorios, son tres actitudes que contribuirían a mejorar las posibles tensiones que surgen y a ayudar a construir un ambiente de paz, serenidad y convivencia.
Todos y todas estamos llamados a ser mensajeros de paz, profetas de buenas noticias y de esperanza en medio de una realidad social tan compleja y difícil de gestionar, donde las necesidades son tantas.
Que la reflexión sobre la paz que estamos haciendo en este curso nos ayude a ser personas dignas de la paz.
Que la PAZ de Cristo Resucitado nos acompañe.