Cuando la palabra resulta camino
Hay lugares que predisponen a la escucha. Montserrat es uno de ellos. La singularidad de la montaña, el silencio que allí se respira y la larga tradición espiritual que la habita crean un marco privilegiado para detenerse y mirar hacia el interior. En este escenario hemos compartido el curso anual de Conocimiento Interreligioso que propone el Diálogo Interreligioso Monástico (DIM). Este año hemos vivido unos días intensos en torno a la obra y el pensamiento de «Rûmí, el alquimista sufí del corazón», guiados por Halil Bárcena.
No nos acercamos a él para estudiar a un poeta persa del siglo XIII desde la distancia, sino para dejar que su palabra y su pensamiento nos interpelaran.
Rumí no ofrece recetas ni respuestas fáciles. Pude constatarlo a lo largo de estos días. Rumí abre puertas, ensancha horizontes. Su vida y su poesía nos invitan a desprendernos de nuestras certezas y a adentrarnos en ese espacio donde el silencio, el amor y la belleza se convierten en maestros.
Halil Bárcena, una de las voces más inspiradas no solo en el ámbito de la mística islámica, sino también de la espiritualidad universal, nos fue conduciendo por el universo de Rumí con la profundidad y la serenidad de quien conoce esta tradición y, me atrevería a decir, de quien la vive. Pero también con la sensibilidad de quien sabe que los grandes textos solo cobran vida cuando resuenan en la experiencia personal de cada uno.
Su labor como profesor es especialmente valiosa por la manera en que sabe transmitir el conocimiento desde la vida. Sus explicaciones, las lecturas comentadas y los espacios de silencio y reflexión compartidos fueron tejiendo una experiencia que trascendía el simple conocimiento intelectual. En sus palabras había vida.
A lo largo de estos días comprendí que Rumí no nos invita a pensar más, sino a vivir con humildad y sencillez. A escuchar, a escucharnos y, sobre todo, a escuchar esa voz discreta que con frecuencia permanece oculta bajo el ruido cotidiano. Una voz que nos recuerda que el camino espiritual no consiste en ir lejos, sino en volver al centro de nosotros mismos. También comprendí que la poesía de Rumí no puede leerse con prisas; pide ser acogida lentamente, hasta que cada palabra encuentre su resonancia en nuestro interior.
Cuando terminaban las sesiones y salíamos a contemplar las montañas de Montserrat, parecía que el paisaje continuaba los versos de Rumí. La roca, el silencio y la luz se convertían en una prolongación natural de su palabra.
Entonces pensaba que hay aprendizajes que solo pueden recibirse cuando la belleza, el silencio y una palabra auténtica coinciden en un mismo tiempo y en un mismo lugar.
Regresé de Montserrat con muchas notas, pero, sobre todo, con un legado: en el camino de la vida vamos despojándonos de todo aquello que nos impide reconocer que Él está siempre presente. Y también con el deseo de adentrarme aún más en la vida y la obra de Rumí, leyéndolas y meditándolas con la calma que ellas mismas reclaman.