Conferencias

Juego de tronos, juego de dioses

Año:
2020
Autor/a:
Llic. Isaac Llopis

Religión, poder y sentido en Juego de Tronos

En su charla sobre Juego de Tronos, Isaac Llopis propone una lectura de la serie a partir del fenómeno religioso. La presencia de la religión en la saga A Song of Ice and Fire se inscribe en un escenario más amplio de las grandes producciones audiovisuales contemporáneas, que recuperan la dimensión espiritual —institucional o alternativa— como herramienta narrativa. En este sentido, Juego de Tronos puede entenderse, simbólicamente, como un “juego de dioses”, donde el poder político y el poder religioso se entrelazan de manera inseparable.

La historia creada por George R. R. Martin —inspirada en la Europa medieval y especialmente en la historia del Reino Unido— se sitúa principalmente en Westeros, un continente dividido en siete reinos bajo una monarquía centralizada, marcado por conflictos por el Trono de Hierro. La Guerra de los Cinco Reyes, basada en la Guerra de las Dos Rosas, constituye el eje político de la narración, pero no es el único: la lucha por el poder se entrecruza con amenazas sobrenaturales más allá del Muro y con la reivindicación de una heredera exiliada en Essos.

En este contexto medieval, la religión es un elemento esencial. Llopis destaca la gran pluralidad de creencias presentes en la saga y centra su análisis en tres religiones principales, por su relevancia narrativa y sus claros paralelismos históricos.

Tres religiones en Juego de Tronos

La primera es la religión de los Dioses Antiguos, una fe politeísta y animista, vinculada a la naturaleza y a los bosques sagrados presididos por los árboles-corazón. Sin templos ni jerarquías, esta religión arcaica —conservada sobre todo en el Norte— presenta claros paralelismos con la religión celta. En la serie, sus seguidores suelen ser personajes éticamente íntegros, lo que refuerza una visión positiva de una espiritualidad natural, ecológica y no institucionalizada.

Esta religión, originaria de los Children of the Forest y adoptada por los primeros humanos de Westeros, queda progresivamente relegada con las migraciones posteriores, pero pervive en el Norte y más allá del Muro. Sus seguidores —como la casa Stark— suelen ser presentados como los personajes más éticos de la serie, lo que no es casual. Llopis ve un paralelismo claro con la religión celta: el vínculo con la naturaleza, la figura del sabio-druida (encarnada en el Three-Eyed Raven) y su recuperación simbólica en un mundo contemporáneo que idealiza lo arcaico, ecológico y espiritual como alternativa a la racionalidad moderna.

La segunda religión es la Fe de los Siete, la religión oficial y mayoritaria de Westeros, introducida por los ándalos durante las grandes migraciones. Se trata de un monoteísmo estructurado en siete facetas de un mismo dios, cada una asociada a una función vital concreta. A diferencia de los Dioses Antiguos, esta fe presenta una organización jerárquica sólida: templos monumentales, un libro sagrado, un clero establecido y un jefe supremo, el High Septon.

Llopis subraya los paralelismos con el cristianismo medieval, especialmente por su papel como religión del imperio y por el riesgo constante de corrupción cuando el poder espiritual se confunde con el político. La irrupción del movimiento de los Sparrows, con su discurso de pobreza y pureza moral, muestra cómo las reformas religiosas pueden nacer de una crítica legítima pero terminar derivando en intolerancia y control social.

Y, finalmente, la tercera religión es la del Dios de la Luz, R’hllor, un culto dualista y apocalíptico originario de Essos. Esta religión concibe el mundo como escenario de una lucha cósmica entre la luz y la oscuridad, el fuego y el hielo, la vida y la muerte.

Sus sacerdotes, como Melisandre, interpretan el fuego como medio de revelación divina y anuncian la llegada de un mesías, Azor Ahai, destinado a vencer a las fuerzas del mal. Llopis ve paralelismos claros con el zoroastrismo y con tradiciones gnósticas y cátaras, tanto por su dualismo radical como por su lenguaje profético. Aunque muestra un poder real y efectivo, esta religión se presenta de manera ambigua, ya que justifica sacrificios crueles en nombre de un bien superior.

Una modernidad gris

Durante su conferencia, Llopis se aleja del análisis estrictamente de Juego de Tronos para abrir una reflexión sobre la sociedad contemporánea. No se trata de moralizar, sino de analizarnos colectivamente. Vivimos —afirma— en una modernidad marcada por cierta grisura: una vida altamente tecnificada, ordenada y funcional, donde el saber es eminentemente técnico e instrumental. Estudiamos para trabajar, producimos para consumir, pero como personas a menudo sentimos que “falta algo”.

Esta carencia explica, en parte, la persistencia de la dimensión religiosa, aunque adopte formas nuevas y difusas. Hoy no predominan tanto las religiones tradicionales como sus sucedáneos: espiritualidades fragmentadas que aparecen en espacios aparentemente no religiosos. El fútbol, por ejemplo, funciona a menudo como una experiencia casi litúrgica; los rankings, los rituales mediáticos o las series de televisión ofrecen microrelatos de sentido que no exigen compromiso, pero que satisfacen una necesidad profunda de evasión y trascendencia.

Las series como sustitutos de historias sagradas

En este contexto, las grandes series se convierten en relatos sustitutivos de las antiguas historias sagradas. Ante la crisis de transmisión de la fe —rota en la familia, en el barrio e incluso en la escuela—, los medios de comunicación acaban configurando el imaginario colectivo. El mito y la metáfora, que la modernidad había expulsado en nombre de la razón, vuelven con fuerza: nos fascina lo mágico, profético e inexplicable. No es casual que las religiones animistas y dualistas sean las más valoradas en Juego de Tronos: representan una alternativa simbólica a un mundo excesivamente racionalizado.

¿Jon Snow como Jesús de Nazaret?

Llopis cierra la conferencia mencionando posibles puntos en común que tienen el personaje Jon Snow y Jesús de Nazaret. Jon Snow es alguien humilde, marginado y de origen desconocido. Snow no busca el poder pero ejerce una autoridad moral indiscutible. Tiene una visión universal de la humanidad, más allá de fronteras, casas o nacionalidades, y está dispuesto a dar la vida por los demás. Traicionado por los suyos, muere y resucita, y finalmente se aleja del centro del poder para abrir la posibilidad de un nuevo comienzo.
Este paralelismo no pretende convertir Juego de Tronos en un relato cristiano, sino mostrar cómo las narrativas contemporáneas continúan reciclando arquetipos religiosos para dar sentido a la experiencia humana. Estas historias nos recuerdan que, más que respuestas cerradas, seguimos necesitando preguntas, símbolos y relatos que nos ayuden a comprender quiénes somos y hacia dónde queremos ir.