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Zygmunt Bauman, una mirada sólida a nuestro mundo. Del análisis social a la llamada ética

Antoni Bosch-Veciana - General

Hace unos días falleció el sociólogo Zygmunt Bauman. Su prestigio internacional era, y es, indiscutible. Tenía noventa y un años. Su esposa, la periodista Janina Lewinson, compartió con él toda una vida: el matrimonio celebró sesenta y dos años de boda (hasta la muerte de Janina, en 2009). A ambos les caracterizaba una amabilidad desbordante y un talante afable que nunca ninguno de sus huéspedes olvidaba de señalar.

La imagen de sus últimos años era la del hombre de cabellos blancos, crespo, tornasolenc, de cejas largas y blancas. Fumaba en pipa. A menudo se acercaba la pipa en los labios para exhalar su humo, también blanquecino, que acompañaba su mirada, su pensamiento y todas las conversaciones que exigieran concentración: su discurso era construido con una solidez granítica que se acompañaba, por contraste, de un humo esparcidas. Sus ojos penetraban el mundo, lo pensaban en silencio y, en las conversaciones, la expresaban con claridad. Ponía por escrito su mirada atenta y penetrante con un lenguaje riguroso y diáfano. Creaba metáforas que ayudaran a los lectores y los oyentes a comprender el alcance de su discurso. Su obra, ingente, es de un valor extraordinario. Dio conferencias en todo el mundo (más de una vez fue recibido en nuestra casa, y con una acogida excepcional). Zygmunt Bauman será recordado por ser el eminente sociólogo que elaboró ​​lo que se llama la teoría de «la modernidad líquida», una fórmula de síntesis -a veces interpretada demasiado reductivament- que quiere dar a entender lo que han sido los últimos siglos , sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, y hasta la actualidad. Las sustancias líquidas -decía él- son aquellas que tienen dificultades para conservar su forma, como le acontece hoy en el mundo. Vivimos de manera habitual sin tener ni mantener ningún rumbo determinado; vivimos en la precariedad y en la incertidumbre constantes. La velocidad de la vida es vertiginosamente acelerada y, por tanto, sin ningún tiempo para el sosiego ni para el pensamiento meditado. Vivimos en un ritmo de comienzos incansables e, igualmente, de incesantes finales. Vivimos ocupados en cómo terminar las situaciones y las cosas, y no en cómo iniciarlas y construirlas con consistencia.

Zygmunt Bauman vivió uno de los siglos más convulsos de la historia. Sufrió personalmente su condición judía. Como sociólogo -primero en la universidad de Varsovia, luego a la de Leeds (Reino Unido) - se preocupó de entender el mundo en que le tocó vivir, un mundo que, desde finales del siglo XIX, iba llegando al fin. Siguiendo Tito Livio, Zygmunt Bauman comprendía el momento presente como un estado de interregnum, pero sin poder saber bien -o más mínimo, decía- hacia dónde se dirigía este nuestro mundo de hoy.

Había vivido notables momentos de la historia en una vida personal llena de sufrimiento. Tenía un poso espiritual de lecturas que le ayudaron a leer y comprender su presente. Desde los autores grecolatinos hasta la actualidad había leído con gusto un número casi inabarcable de obras. Era de una memoria prodigiosa, lo que le permitía introducir las lecturas hechas a lo largo de la vida en sus análisis e interpretaciones que, como suelen ser en el universo lector judío, eran de una densidad nada corriente.

La sociología para él no sólo pedía leer el mundo (con el lenguaje matemático, de la sociología) sino sobre todo interpretarlo, lo que suponía dotarlo de sentido, dotándolo, igualmente, de herramientas para que en fuera posible su transformación. Con el mundo ante los ojos es absolutamente necesario y urgente emprender una reflexión ética en el ámbito personal y sobre todo global que incidiera directamente en un cambio de rumbo, en una solidificación de las culturas, en una búsqueda de nuevos modelos de vida humanos y humanizadores.

Hay que apuntar hacia un novum humano que dignifique la vida en todo el planeta. Su teoría sobre la «modernidad líquida» hay que entenderla en un doble sentido: por un lado, esta «liquidez» es la liquidez de la disolución de todo, del nihilismo, de la vida acuosa en la que el ser humano sumerge o se encuentra inmerso sin siquiera quererlo; pero también, por otro lado, la «liquidez» de la vida apunta a un liquidar más profundo, es decir, la eliminación o liquidación de muchas cosas hasta llegar a la liquidación del ser humano. Decía Zygmunt Bauman, «velamos porque el principal programa del siglo XXI no sea liquidar el hombre». Es necesario que el ser humano se determine éticamente en este presente, de forma imperiosa. Es necesario que el hombre se convierta en compromiso ético. Zygmunt Bauman luchar contra la «ceguera moral» del ser humano inmerso en esta «liquidez» humana del tiempo presente.

Una buena arma para combatir la liquidez presente es combatir y resistir a favor de la solidez del pensamiento. En este compromiso ético encontramos, sin duda, Zygmunt Bauman. Y no es poco. Porque pensar sólidamente en tiempos líquidos es una trabajo lento que exige una mirada muy atenta al momento presente.Zygmunt Bauman FUE un intel • intelectual de los siglos XX-XXI que contribuyente notablemente a poner el mundo frente al espejo de sí Mismo. La lectura de sobre obras -lectura del todo recomendable! - Nos Muestra el trabajo de profundización sobre las principales realidades que se han convertido en Nuestro mundo occidental y, particularmente europeo: el totalitarismo, el Holocausto, la modernidad, el consumismo, la globalización, Europa, la educación, la incertidumbre existencial, la riqueza , la ceguera moral, las migraciones («los desconocidos en la puerta de casa»), etc.

Es un autor que merece, sin duda, nuestra atención si queremos comprendernos más a nosotros mismos. Pone de relieve lo importante que la mirada y el pensamiento sobre nuestro presente -sobre cada presente- para decidir sólidamente hacia el futuro. Pensar ya es, de alguna manera, decidir. En este sentido, también la teología debería profundizar en los pensamientos de este eminente sociólogo del siglo XX para comprender un poco mejor y más a fondo el mundo al que se dirige su reflexión.

La teología no reflexiona ni sobre el vacío, ni desde el vacío, ni para crear más vacío. Al contrario. La mirada de Zygmunt Bauman puede ser una de esas miradas que ayude al pensamiento teológico a pensar verdaderamente, desde el hombre y para el hombre, el lenguaje sobre Dios. Hoy, con tanto sufrimiento como hay, la teología también debe abordar la problemática que afecta al hombre sufriente. Y lo hará desde una reflexión inteligente y serena, movida a desvelar el compromiso de acogida que tendría que partir de la realidad de la situación del hombre hodierna. Y, en esto, Zygmunt Bauman puede colaborar a darle forma.