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Tabor, el Dios escondido en la experiencia

Josep Oton, professor de l'ISCREB - General

De vez en cuando, nos apetece subir a una montaña para oxigenarnos. La cima nos proporciona una visión panorámica de la realidad. Contemplamos nuestro entorno desde una perspectiva distinta. A lo mejor incluso llegamos a identificar los lugares por donde discurre habitualmente nuestra vida. Sin embargo, el punto de vista es diferente. Tomamos consciencia de dónde estamos, reconocemos territorios ya conocidos y, a la vez, nos percatamos de la existencia de parajes donde aún no hemos estado.

En lo alto de una colina, la inmensidad del mundo nos asombra. El cielo es más azul. Los ruidos no consiguen alcanzar tal altura y el silencio se impone. En medio de un espectáculo tan singular, se hace evidente nuestra pequeñez y, tal vez, intuimos una trascendencia oculta en el corazón mismo de la inmanencia.

Asimismo, experimentamos una nueva complicidad con nuestros compañeros en el ascenso. Lejos de las preocupaciones diarias, nos sentimos colaboradores en un proyecto compartido que ninguno de nosotros ha diseñado.

En lo alto de la montaña todo se ve diferente o, mejor dicho, todo se ve mejor. Captamos con mayor nitidez el sentido de los acontecimientos, así como el de nuestros anhelos más profundos.

Los Evangelios nos narran cómo Jesús subió a una montaña con tres de sus discípulos. Aunque el relato no especifica el nombre de dicha colina, todo indica que se trata del monte Tabor. Pedro, Santiago y Juan quedaron atónitos, inmersos en una experiencia que hoy calificaríamos de mística.

El Evangelio, que tanto se empeña en hacernos poner los pies en el suelo, ¿por qué motivo incluye una escena tan enigmática que hace pensar en un espejismo o en una especie de fábula? Tal vez la clave radica en el capítulo anterior. Lo descrito en el capítulo 17 del Evangelio de Mateo, la Transfiguración, es la vivencia íntima de la profesión de Pedro narrada en el capítulo 16: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.”

Por más que confesemos nuestra fe con los labios, necesitamos entenderla con la mente para que no sea una simple fórmula repetida mecánicamente, ni el producto de ningún adoctrinamiento. Pero también necesitamos vivirla con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser, puesto que la fe reclama la implicación de la globalidad del ser humano. De otro modo, el resultado sería una religiosidad externa, fraudulenta, incapaz de arraigar en lo profundo de la persona, en la interioridad.

Ahora bien, la tentación de Tabor es establecerse, construir tres tiendas para evadirnos de una vida cotidiana que nos reclama esfuerzo y sacrificio. Este es el peligro de espiritualidades huecas, narcisistas y desencarnadas, tan en sintonía con el individualismo de nuestro tiempo.

Llama la atención que los tres discípulos que asistieron a la Transfiguración después se durmieran en Getsemaní. No basta con la experiencia de la montaña, es necesario descender a los abismos de la existencia. Quien ha pasado la noche vela, acoge con mayor alegría el resplandor de la aurora.

La vida cristiana implica un largo aprendizaje para poder iluminar los avatares de la historia de cada uno. Por eso hay que meditar, estudiar y reflexionar, pero sin llegar a recluirnos en elucubraciones estériles. Estamos llamados a comprometernos en la transformación de una sociedad que poco tiene que ver con los valores proclamados por Jesús. Pero, para poder llevar a cabo tal cometido, necesitamos subir al Tabor, donde la fe resulta experiencia, a pesar de sus limitaciones.

 

En el libro, Tabor. El Dios oculto en la experiencia, recientemente publicado por la Editorial Claret (en catalán) y Sal Terrae (en español), he querido aportar argumentos y reflexiones que ayuden a discernir los signos de nuestro tiempo, marcado por una sociedad que desconfía de las instituciones y, en cambio, reclama con avidez experiencias personales. Estoy convencido de que los relatos bíblicos nos pueden proporcionar la sabiduría necesaria para asumir un reto de tal envergadura.