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¿Por qué estudiar aún el Antiguo Testamento?

Maria Luisa Melero - General

Ya casi no nos recordamos del tiempo convulso que hemos vivido en nuestra casa desde el punto de vista político, porque ahora otra convulsión golpea las seguridades de nuestra civilización con una sacudida de dimensiones planetarias. Se han suspendido casi todas las actividades que no sean imprescindibles para sostener la vida, se ha impuesto la “distancia social” con la consiguiente crueldad para los más débiles; ni siquiera se han permitido los actos religiosos para despedir a los seres queridos.

Y nosotros, en el ISCREB, mantenemos en lo posible nuestras rutinas, nuestros objetivos, nuestras materias y actividades, pero no «como si no pasara nada», sino precisamente porque pasa. Precisamente porque nos afecta. Precisamente porque queremos permanecer sosteniendo tercamente un poco de luz.

¿Por qué leer todavía el Antiguo Testamento? ¿Por qué avanzar entre sus páginas oscuras de leyes y genealogías? ¿Por qué leerlo si el cristianismo tiene un inicio luminoso en el acontecimiento Jesús de Nazaret? Sí, quizás alguien se hace este tipo de preguntas. Podría ser  una excusa para permanecer en la pereza intelectual de recorrer el camino de acercarse a estos viejos textos.

El Antiguo Testamento contiene la sabiduría milenaria de un pueblo pequeño, precario e insignificante; un pueblo de origen nómada que lucha por la vida en un ambuente extremadamente hostil, en las rendijas temporales y políticas que se encuentra entre los grandes imperios del Oriente Antiguo. La sabiduría de este pueblo, le hace capaz de preguntarse maravillado por el origen y el sentido de la belleza del cosmos y por la fuerza incontenible de la naturaleza (creación), por el origen de la sumisión de unas personas hacia las otras (Adam y Eva) y de la violencia que aparece en las relaciones más insospechadas (Caín y Abel) hasta arrasar el planeta (diluvio). Un pueblo que tiene el coraje de preguntarse por la incidencia de la injusticia humana en los desastres naturales y el desequilibrio que observa en la armonía deseable. ¿Seguro que no podemos aprender nada?

En el Antiguo Testamento nos encontramos con un pueblo que mantiene su fe después de todas las derrotas causadas por imperios más Fuertes, y a pesar de la tiranía de sus gobernantes que, uno detrás del otro, decepcionan sus esperanzas de paz y de justicia. Por sus páginas resuenan las voces de los centinelas que pierden el sueño por la justicia cuando los reyes, los magistrados y los dirigentes, cegados por el poder y por el dinero, agravan los dolores de su pueblo.

En el Antiguo Testamento encontramos la plegaria de reyes que han tenido que aprender humildad y la plegaria de gente pobre, gente como nosotros, gente vulnerable y vulnerada. Entre sus versos encontramos a menudo el eco de nuestro desconsuelo, la melodía de nuestros sentimientos, el acompañamiento por la canción de nuestra vida. Entre relatos y poemas peregrina humildemente hacia lectores y lectoras un Dios bondadoso y compasivo, más grande y más amable que todas nuestras penas, desde sus páginas anda de puntillas a nuestro encuentro un Dios humilde... quién sabe si dejará una huella imborrable en nuestra vida.