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La muerte de Jesús, solidaria del dolor del mundo

Adelaide Baracco - General

La reflexión teológica sobre la muerte de Jesús tiene en consideración diferentes elementos que tomados en su conjunto vienen a formar un único gran marco de interpretación: la muerte de Jesús fue por amor.

1. Razones históricas objetivas:  Dos son las razones que originan el conflicto entre Jesús y el estamento sacerdotal 
judío: a) la cuestión del Temple/Ley, y b) la pretensión mesiánica de Jesús. La reinterpretación de la Ley por parte de Jesús –«El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.» (Mc 2,23-28)– lleva a la de-construcción del Templo como espacio de mediación entre la persona y Dios por medio de sacrificios expiatorios:
«Pues yo os digo que aquí hay algo más grande que el templo. Si hubierais entendido qué quiere decir aquello de: Lo que yo quiero es amor, y no sacrificios, no habríais condenado a unos hombres que no tienen culpa.» (Mt 12,1-8). Aún así, la razón más profunda de la condena es la pretensión mesiánica de Jesús: «Si yo saco los demonios es por el poder del Espíritu de Dios...» (Mt 12,28).

Jesús es condenado como falso profeta y como blasfemo. La condena religiosa se convierte necesariamente en condena civil, puesto que los judíos no tenían poder jurídico. La muerte en cruz, reservada a los esclavos y asesinos, teológicamente para Israel es la muerte de alguien «maldecido de Dios» (Dt 21,23).

2. Cómo vivió Jesús su muerte
A pesar de que Jesús previó su muerte (cf. parábola de los viñadores homicidas), ciertamente no la buscó sino que la acogió y vivió dentro de la propia fidelidad y confianza en Abba. Su vida, vivida como com-pasión y Buena Noticia para los desheredados de la tierra, culmina en el grito «Eloí, Eloí, ¿lemà sabactani?», que hay que entender, más que como la percepción del abandono de Dios, como la expresión orante de su situación de sufrimiento y angustia. Jesús ya había aceptado la muerte a Getsemaní, su grito de dolor a la cruz sella esta aceptación haciéndola absolutamente humana. Porque el mal hiere, y Jesús lo sufre como persona humana que también es.


3. Cruz y salvación
A lo largo de los siglos, la Cruz fue adquiriendo una importancia central en la soteriologia cristiana, hasta acabar marginando la Resurrección y el don del Espíritu Santo en la Pentecosta. San Pablo habla de la muerte de Jesús en términos de «sacrificio» y «redención» fundamentándose en tradiciones anteriores: desde buen comienzo la «sangre de la Alianza» de la última Cena fue interpretada en estrecha relación con la gran celebración judía de la Expiación-Perdón (lo Yom Kippur) en que se acontece el sacrificio expiatorio por los pecados del pueblo. Por otro lado, la expresión de 2Co 5,21 «A quien no había experimentado el pecado, Dios, por nosotros, le cargó el pecado, porque
gracias a él experimentáramos su justicia salvadora.» se inspira en el cuarto canto del sirviente de Isaías (Is 52,13-53,12), en que el justo muere por los pecados del pueblo.


Más allá de las resonancias bíblicas, la reflexión teológica tenía sus propias cuestiones, a las que tenía que responder: la necesidad de a) dar sentido en la muerte escandalosa de Jesús, y b) justificar la objetividad de la salvación por Él. Esto llevó a atribuir a Dios la iniciativa de la muerte de Jesús y a entender esta como «sacrificio», un acto oficial que manifestaba públicamente el Amor de Dios a la humanidad.

Esta perspectiva tuvo como formulaciones teológicas más notorias la teoría de la satisfacción (S. Anselm, s. XI-XII) y la teoría de la sustitución o expiación penal (Lutero, s. XVI). A pesar de las diferencias entre ellas, el enfoque de ambas es juridicista: la muerte de Jesús es satisfacción/expiación de la ofensa hecha a Dios por la Humanidad. Obviamente tanto San Anselmo como Lutero, lo que querían era argumentar desde la razón el Amor infinito de Dios hacia la Humanidad, Amor que llega a «sacrificar» el propio Hijo.

No hay que decir que esta interpretación, todavía demasiado presente en el imaginario cristiano, no responde en absoluto al acontecimiento-Cristo: se separa la muerte de Jesús de su vida y de la Pascua, que da sentido a la Encarnación del Hijo de Dios. Sin la vida de Jesús –que vive y anuncia la Buena Noticia– y sin la Resurrección, que la sella, la salvación quedó enlazada por siempre jamás más al sufrimiento, el cual adquirió así virtud salvadora por sí mismo.

Así, lo que salva es la Pasión-Muerte, desvinculada de su contexto histórico y del significado de este contexto en que el Dios-Amor se encarna para hacerse uno como nosotros, y sufre el mal. No es Dios quién sacrifica el Hijo, sino la dureza de corazón de aquellos que tenían la pretensión de guiar a Israel en la obediencia a YHWH.

4. La muerte de Jesús solidaria del dolor del mundo
Gracias a la profunda renovación de la cristología, a partir de los años ’50 del siglo XX, la muerte de Jesús aparece hoy como «la» muerte inocente, la que condensa en sí misma el sufrimiento/muerto de todas las víctimas inocentes a lo largo de la Historia por culpa del pecado individual y/o estructural. La reflexión teológica después del Holocausto lleva a la dolorosa pregunta: ¿Dónde estaba Dios? Y responde, con matices diferentes pero con una única convicción: Dios estaba allí, en y con las víctimas.

En la muerte de Jesús, Dios está presente, con una presencia silenciosa y escondida que estalla con toda su luz el domingo de Pascua. El mal existe, el mal hiere, el mal tiene poder. Pero el mal no es la última palabra. Nos lo enseña la muerte de Jesús, y también nos lo enseña la muerte de tantas personas que han luchado contra la injusticia y la muerte de las cuales ha engendrado una nueva conciencia y unos nuevos caminos para construir un mundo mejor. La muerte de Jesús es una muerte solidaria con nuestro sufrimiento, el acto de amor de un Dios que quiere ser uno con la Humanidad.

Y es, también, muerte-que-denuncia: el no-amor, la inhumanidad, la violencia. Es la rebelión de Dios ante el mal, una rebelión que actúa según la lógica del Amor, abriendo los brazos y confiando. Es la rebelión de Dios, y como tal nos llama a rebelarnos a cualquier forma de no-amor, de inhumanidad, de violencia. Demasiadas veces se ha interpretado la muerte de Jesús en clave de pasividad, para justificar la pasividad.

Pero el Dios de Jesús no es pasividad. La muerte de Jesús es la manera de Dios de rebelarse al mal, por eso es ejemplar. Seguir Jesús implica buscar nuestros propios caminos de rebelión ante el mal, y de comunión con las víctimas. Ante el mal, el Amor siempre es com-pasión. Y nunca es sumiso, nunca renuncia, nunca se resigna.