Logo

Actualidad

La estrella de Navidad

Josep Otón - General

La festividad de la Inmaculada Concepción sirvió de marco para la inauguración de la estrella de la torre de María en el templo de la Sagrada Familia de Barcelona. La luz nos trae un mensaje de esperanza. Los judío celebran la Janucá, la fiesta de la luz. Conmemoran un milagro sucedido con el aceite del candelabro del segundo Templo, después de ser liberado de la profanación perpetrada por los invasores helenistas durante la guerra de los Macabeos.

Los textos del Antiguo Testamento ya anunciaban una luz que brilla en medio del pueblo que habita en tierra de sombras (Is 9, 1). El prólogo del Evangelio de Juan proclama que la Palabra -el Logos- es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (Jn 1, 9). En la presentación de Jesús en el Templo, Simeón descubre en el pequeño Jesús la luz destinada a iluminar a las naciones (Lc 2, 32). El propio Jesús proclama ser “la luz del mundo” (Jn 8, 12) y afirma lo mismo de sus discípulos (Mt 5, 14). El énfasis en la luz tiene su expresión más popular en la estrella que guió a los Sabios de Oriente hasta Belén (Mt 2, 1-12). Una luz que guía hacia la Luz.

Esta estrella nos ayuda a entender el significado de la luz de la que nos habla el Evangelio. No se trata de un fenómeno apoteósico, tan atractivo en sí mismo que nos deja atónitos y fascinados. No es un espectáculo fabuloso y extraordinario que nos encandila haciéndonos permanecer absortos contemplándolo. Todo lo contrario; lejos de mantenernos estáticos y pasivos, nos indica un camino, una dirección, un sentido a nuestra vida. Como a los Sabios, nos moviliza. Como a Abraham, nos invita a salir de nuestra tierra, de nuestras seguridades, para emprender una aventura.

Como su misión es iluminar y no ofuscar, su brillo no deslumbra, ni su resplandor obnubila. Es una tenue centella que no se impone, ni nos ciega para que no veamos nada más. Tanto es así que pasó inadvertida para muchos, incapaces de percibirla. Solo los que estaban atentos y receptivos la vieron, y viéndola, abrieron sus ojos a la realidad: pudieron encontrar al Mesías (Mt 2, 9).

Tampoco es una luz inquisidora que nos acusa. No es un foco delator que vigila nuestras acciones con el fin de sorprendernos en cualquier posible infracción. Sin embargo, pone al descubierto lo bueno y lo malo. Revela las intenciones ocultas del corazón y las consecuencias de nuestros actos. Los sabios, siguiendo la estrella, fueron luz para Herodes. El monarca, sin verla, quedó iluminado por ella y salieron a la luz sus oscuras pretensiones.

La luz penetra la opacidad de lo real. Lo hace transparente. Nos guía en medio de las sombras, aunque de manera discreta, sin forzar nuestra libertad. Orienta, acompaña en la ruta, evita nuestros tropiezos (Jn 11, 9), pero no nos lo revela todo. Ilumina sin disipar totalmente las tinieblas. A pesar de su claridad, tenemos que preguntar, investigar, recabar información, arriesgarnos a tomar decisiones.

Su luminosidad nos ayuda a reconocer lo que vemos, porque solemos ver sin entender. Sin ella, somos incapaces de percibir el rastro de Dios en la historia y, por tanto, vivimos ajenos al sentido profundo de la existencia.

El fulgor de la estrella nos orienta en la búsqueda de la Luz. Jesús, Luz del mundo, ha venido para revelarnos nuestra auténtica vocación: ser luz (2 Co 4, 6). Como proponía la filósofa Simone Weil: “El amor no es consuelo, es luz”. Optemos por amar de verdad y seremos luz.