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La celebración de Navidad: entre la tradición y la posmodernidad

Lluís Serra i Llansana, professor ISCREB - General

 

 

 

Revivir en la sociedad los valores evangélicos de la Navidad implica unos desafíos que pueden cambiar a cada época histórica. Cada celebración importante tiene una inicio en el tiempo y una fuente que le da el sentido. La Navidad se refiere a un acontecimiento de hace más de dos milenios: el nacimiento de Jesús de Nazaret, que es la clave. Como nacimiento, es un canto a la vida. Como Jesús, es el núcleo de la fe cristiana.
 
Estamos experimentando en nuestra casa una gran transformación en estas dimensiones. La vida pugna para alargarse en el tiempo a través de la alimentación y la medicina. Por otro lado, pero, la última estadística habla del descenso del número de nacimientos a la primera mitad del 2018 que nos remite al primer semestre de 1941.
 
Esta situación tiene unas causas y provoca unas consecuencias de gran alcance en todos los niveles. La fe en Jesús se ha confundido a veces por la religión dominante en la sociedad generando un cristianismo de masas. Ahora, pero, con los cambios sociopolíticos y culturales de nuestros días, el modelo es poliédrico. Aconfesionalidad, laicismo, multireligiosidad, ateísmo... Vuelve despacio el cristianismo de diáspora.
 
Las tradiciones continúan vigentes, aunque en determinados ámbitos son combatidas. Los pesebres vivientes, que patentizan las reminiscencias franciscanas de Greccio, son una realidad aquí. Las representaciones de los pastorcillos, la misa del gallo (y ahora también del pollito), las felicitaciones navideñas... A su vez, a posta, se pretende desactivar la fuerza de la Navidad, secuestrando su sentido a través de reducir estas fiestas a unas prácticas económicas de gastronomía y de regalos, de dejar de hablar de Navidad y substituirlo por la fiesta del invierno, arrinconando las navideñas, eliminando la palabra Navidad de los letreros luminosos. La desvinculación del sentido nos lleva a desencatarnos, el reino de la posmodernidad.
 
 
No lloramos por los cambios, por las dificultades, por la pérdida de protagonismo... Algunos aspectos de la tradición son plenamente evangélicos, otros, no. Se tiene que saber distinguir. Hay que recordar la primera Navidad porque nos proporciona la clave para vivirla en profundidad. Algunos indicadores: José y María estaban de viaje, no encontraban lugar para estar, llegaron a las afueras del poblado, Jesús nació en las condiciones más precarias... Los primeros en celebrarlo fueron los pastores, un colectivo social de los más marginados, y unos buscadores que leían las estrellas, que nosotros hemos convertido en reyes magos. Hemos edulcorado demasiado la realidad. La familia fue amenazada por un político de turno como Herodes y tuvo que exiliarse en Egipto, un país nuevo, una lengua nueva, unas costumbres nuevas...

El Reino de Dios nace en la pobreza, en la solidaridad, en la oscuridad de la noche y bajo la luz de las estrellas. Si nos alejamos de los valores evangélicos de la primera Navidad, la celebración de las fiestas que se acercan oscilará entre la tradición y la posmodernidad. Si abrimos nuestro corazón a Jesús y escuchamos su palabra, viviremos la esencia de la Navidad con alegría y fraternidad. El Evangelio es comprometido, no aburrido.