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Hogueras de San Juan: combustión cósmica y existencial

Francesc-Xavier Marín, professor ISCREB - General

Hubo un tiempo en el que se valoraba la tempo-sensibilidad: a los cambios climáticos y a su incidencia en la naturaleza respondía el ser humano adaptándose a las actividades laborales, festivas y religiosas. En las sociedades agrícolas y ganaderas, el calendario era la expresión directa de la incidencia astronómico-meteorológica sobre el tiempo vivido. Por esto, tantas fiestas están vinculadas a los ciclos naturales. Se trata, pues, de una combinación de actividades y de estados anímicos que vivificaban las comunidades humanas. De esta manera, la fiesta siempre ha sido una manera originaria de medir el tiempo, de ordenarlo en años-meses-semanas, en estaciones, en solsticios-equinoccios... de forma que se estableciera una clara diferencia entre un tiempo festivo (días fastí) y otro ordinario (días nefastí). El tiempo no era una cuestión numérica sino cualitativa, de forma que los cambios temporales se simbolizaban con ritos especiales. Ja Mircea Eliade (El mito del eterno retorno) hablaba de la necesidad de destacar cíclicamente determinadas fechas para celebrar los actos primigenios: así como las plantas germinan, crecen, fructifican y mueren, también el año nace, envejece y muere para volver a resurgir. Quien controla el calendario (en latín “libro de cuentas”) gobierna la vida. Conmemorar es fijar la memoria. Combinación de ciclos astronómicos y existenciales.

Por eso, desde la antigüedad, el año se ha representado como un círculo, una rueda donde hay consignadas unes fechas fijas. Es la serpiente que se muerde la cola, o el anillo (literalmente annulus, círculo pequeño) como analogías de un movimiento intrínsecamente redondo. Aun así, además de cíclico, el tiempo también es bipolar y, por tanto, polarizado entre solsticio de verano (San Juan) y de invierno (Navidad). Así lo recoge la tradición popular: “Nadal i San Joan fan dos bocins de l’any”, “Entre Jesús i Joan parteixen l’any”, “De sant Joan de juny a sant Joan de Nadal, mig any per igual”...

Pero estos dos bloques no son una partición matemática sino la expresión de la división en dos polos hasta cierto punto irreconciliables. La sucesión binaria de días y noches, albas y atardeceres, equinoccios y solsticios, estación seca y estación húmeda, sugiere el conflicto entre fuerzas antagónicas, porque la Naturaleza no es una realidad objetiva sino una parte del dramático suceder cósmico y humano. Sería necesario considerar aquí el tono diferente que adquieren las festividades según aparezcan en la primera o en la segunda mitad del año.

Sea como sea, el solsticio de verano resulta un claro punto simbólico culminante. Más allá de los debates sobre la diferencia entre verano meteorológico y verano astronómico, el hecho indiscutible es que el periplo solar sufre en ese momento un punto de inflexión. Las horas máximas del sol encuentran un reflejo en las hogueras a través del simbolismo de la luz. Tenemos documentados rituales de tiempos inmemorables que consisten en construir esferas con ramas prensadas, calar fuego, y hacerlas rodar montaña abajo en un intento casi desesperado de estimular el periplo solar. El sol y el fuego unidos por un movimiento circular de luz.

No se nos escapa que el fuego ha ejercido una gran atracción a causa de su dimensión transformadora de las realidades y, a su vez, por su simbolismo de nexo de unión de los individuos en estructures sociales. Así lo encontramos, por ejemplo, en la presencia del fuego en un lugar preeminente de las cases (la chimenea) que se constituía como centro de recreo, delimitando claramente un ámbito público (la cocina) de los ámbitos privados. El cuidado y el mantenimiento del fuego encendido simbolizaban la vida de aquel hogar. De aquí la referencia a los “fuegos” para establecer el censo de una población. El fuego representaba, pues, la pervivencia del grupo a través de su regeneración.

A este simbolismo se añade el de la capacidad transformadora de los alimentos, es decir, el paso de lo crudo a lo cocido. Si el dominio del fuego (conservarlo encendido y, aún más, saber encenderlo) supuso un gran avance de la civilización, su aplicación no se quedó atrás: tanto el cocinero como el herrero resultan símbolos de la capacidad alquímica de convertir unes realidades en otras.

Igualmente podemos citar el uso del fuego en la quema de substancias olorosas en pebeteros o encenderos, así como en el encendido de substancias con capacidad alucinógena y/o estimulante del cuerpo y del psiquismo.

Hemos de mencionar también el recurso al fuego como elemento purificador en los rituales funerarios, sea quemando ofrendas o incinerando el difunto. Es el fuego como símbolo de muerte-resurrección, con el humo ascendente como punto de conexión con el más-allá. Vinculado con este simbolismo encontramos también el suicidio por ignición entendido como sacrificio supremo, como si morir por el fuego facilitara renacer de las cenizas. Se trata, pues, de un elemento liberador porque expresa la voluntad humana de escoger el propio destino negándose a doblegar-se a las presiones sociales de todo tipo. Es el fuego que facilita la inmolación a través de la cual el ser humano expone su fe y convicciones.

Ahora bien, en resumidas cuentas, san Juan son hogueras. También aquí los dichos populares hacen referencia a la importancia concedida a esta celebración: “La Saint-Jean, le jour le plus grand“ , “À la Saint-Jean se renouvelle l’An“, “La nuit de la Saint-Jean fait grandir l’arbre et l’enfant“... Y, sin excluir el simbolismo que acabamos de mencionar, podemos pararnos en unes breves reflexiones sobre las fiestas del fuego celebradas durante el solsticio de verano en los Pirineos. Como es conocido, fueron inscritas por la UNESCO, en el 2015, en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Se trata de 63 localidades (3 en Andorra, 34 en Francia y 26 en España) que celebran el solsticio a través de la relación simbòlica entre el fuego y el sol. De estos 63 municipios, todos excepto 2 centran el ritual en el solsticio de verano en torno san Juan, solo Bagà y Sant Julià de Cerdanyola (los dos en el Berguedà) celebran la fiesta con motivo del solsticio de hinvierno, relacionándola con el nacimiento de Jesús (“Fia-faia, fia-fai, nostre Senyor ha nascut a la paia”). Nos interesa citar este caso en concreto porque es en los Pirineos (“montañas en llamas”, según una de las etimologías propuestas) donde se ha conservado esta milenaria tradición de desfilar con antorchas (llamadas fallas, aros) para celebrar la conexión simbólica entre el fuego y el sol, justamente aquella noche en que el sol ha llegado a su apogeo. Desde la cima de la montaña descienden las antorchas quemando, de manera que esta procesión de portadores de fuego (lucíferos) que cantan y danzan en círculo reproduciendo el periplo solar, reparten a todo el mundo la luz y el calor purificadores y vivificantes. Una cena comunitaria simboliza la unión fraternal de aquellos que viven de la luz y el calor del sol. Abuelos y padres enseñando a hijos y a nietos a hacer las fallas hacen visible que la comunión va más allá de la diferencia generacional. Quemar trastos y basura de todo tipo simboliza las prisas por hacer borrón y cuenta nueva. Girar en torno el fuego o saltar encima de él, hacen pensar en el periplo cósmico y personal porque la vida es movimiento, y el movimiento es regenerador. 

Estudios relacionados: Diploma de Especialista Universitario en Mitología y Simbología