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El camino de Santiago, una experiencia inolvidable

Núria Sangles - General

Hace unos cuántos años con unos amigos nos animamos a hacer el camino de Santiago. Mucha gente lo hacía y oíamos hablar. Así que, poco a poco, fuimos concretando y decidimos ponernos en marcha y preparar el montón de cosas que pensábamos que serían necesarias.

Me preguntaba… ¿será una caminata muy fuerte?, ¿un sueño llegar?, ¿por qué quería ponerme en marcha?, ¿tendría fortaleza física suficiente?

Con todas estas dudas rondándome por dentro, me animé y recuperé la mochila, el saco y las mil y una cosas que pensaba necesarias. No podía faltar nada. Intentaba colocarlo todo de forma que no ocupara demasiado espacio en la mochila y sobretodo que no aumentara demasiado el peso. Miraba el mapa, los itinerarios, los kilómetros que separaban una etapa de la otra, los albergues donde dormir... Eso sí, todo sin reserva. Confiábamos en que el albergue nos acogería. Todo esto me fue creando una ilusión y muchas ganas de ponerme en marcha. No iba sola, sabía que podría compartir con los amigos. Sin embargo, dentro de mí, había "un no sé qué" que me avisaba que había algo que tendría que afrontar sola. El camino era largo y todo un misterio.

Llegó el día de emprender el camino y muy feliz salí, muy equipada de casa en dirección a Roncesvalles, que es donde iniciaba el camino. Cuando llevaba un par de etapas, unos cuarenta o cincuenta kilómetros, bien pronto me di cuenta que llevaba demasiado peso encima los hombros. De seguir así, quizás no lo resistiría.

Así que antes de seguir con la tercera etapa, tomé la decisión de desprenderme de cosas. Tan sencillo como vaciar la mochila de cosas que me habían parecido imprescindibles, y con lo que llevaba de camino, ya veía que no eran tan importantes.

Me quedé con lo mínimo, todo aquello ya no lo volvería a recuperar, y podría seguir haciendo el camino exactamente igual. Parece fácil pero os puedo asegurar que pide reflexión para discernir qué es lo esencial y qué es lo accesorio.

Y así fui avanzando con dudas, aciertos y desaciertos… con los ojos muy abiertos para seguir las curvas del camino y no perderme.

El camino de Santiago presenta una gran analogía con el camino de la vida. Tiene un inicio y un final. Te pones en marcha y no tiene retorno; aquello que has dejado atrás es pasado. Esto sí, con la experiencia y la vivencia del tramo hecho, puedes corregir o vivir de otro modo el siguiente... y así hasta el final. El mismo paisaje te transporta a diferentes sentimientos y emociones de esfuerzo, de soledad, de añoranza, de ternura…

El cansancio acumulado puede hacerte tambalear en el seguir adelante… En el camino encuentras momentos para contemplar, para pensar, para charlar, para hacer una foto, para dar gracias… al final del día viene la recompensa: el descanso.

Aprendí a confiar en que a pesar de la dureza del camino, y las dificultades que se presentaban, con una palabra de ánimo, la mano extendida de un compañero o el propio esfuerzo de superación, podías seguir adelante...

Aprendí a valorar la importancia de un gesto amable, una mirada, el tono de las palabras... Todo esto se transformaba en un recibir y dar...

Tuve muchos momentos para bajar hasta el fondo del corazón y encontrar aquellos brotes verdes que hacían el camino diferente…

Constaté que para hacer camino, en la vida, no hay que tener muchas cosas, pero sí que hay que amar y sentirse amado, cuidar a la familia, a los amigos, sentirse bien con un mismo, levantarse después de caer y seguir andando… y que “lo esencial es invisible para los a los ojos.”

Disfruté de momentos dulces como descubrir la tierra. Cuando la pisas, y pasas por ciertos lugares, es cuando te muestra su riqueza y su fuerza.

Experimenté que aquello importante no era la meta, sino el camino: “Caminante no hay camino, el camino se hace al andar”.

 

Poema escrit durant el meu camí: 

 


"Polvo, barro, sol y lluvia
es Camino de Santiago.
Millares de peregrinos
y más de un millar de años.

Peregrino, ¿Quién te llama?
¿Qué fuerza oculta te atrae?
ni el Campo de las Estrellas
ni las grandes catedrales.

No es la bravura Navarra,
ni el vino de los riojanos
ni los mariscos gallegos,
ni los campos castellanos.

Peregrino, ¿Quién te llama?
¿Qué fuerza oculta te atrae?
ni las gentes del Camino
ni las costumbres rurales.

No es la historia y la cultura
ni el gallo de La Calzada
ni el palacio de Gaudí,
ni el Castillo Ponferrada.

Todo lo veo al pasar,
y es un gozo verlo todo,
mas la voz que a mi me llama
la siento mucho más hondo.

La fuerza que a mí me empuja
la fuerza que a mí me atrae,
no se explicarla ni yo
¡Sólo el de Arriba lo sabe!"