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¿Dónde sopla el Espíritu del Señor hoy?

Lluís Serra i Llansana - General

 Me han invitado a escribir este artículo con el título: « ¿Dónde sopla el Espíritu del Señor hoy?» La propuesta es muy sugerente y alentadora. Le he dado unas cuántas vueltas y me he dado cuenta de que podía caer en una trampa: proyectar en el soplo del Espíritu mis sueños, deseos, ilusiones... Casi un escrito con aires de profecía, quizás con cierto rigor académico, incluso rebosante de tópicos... ¿Qué tengo que hacer para que este encargo contenga un fruto de espiritualidad? ¿Hay que hacer un ejercicio de imaginación o quizás un itinerario de escucha y de coherencia en el marco eclesial? Si es esta última opción, habría que releer qué pasó en el primer pentecostés. ¿Y si el libro de los Hechos del Apóstoles contiene un «segundo pentecostés», que pasa casi inadvertido, pero que está mucho más próximo a mi realidad hoy? Quiero empezar recordando estas dos venidas del Espíritu en la comunidad cristiana. En este recuerdo quizás encontraré el intríngulis para discernir si el viento corresponde en el soplo del Espíritu o a una distorsión de la mundanidad espiritual. ¿Cómo lo puedo saber? ¿Cómo lo puedo distinguir? Probablemente, la Palabra de Dios me ilumine y aliente.

 

La venida del Espíritu Santo acontece en la fiesta de la Pentecostés, cuando los judíos celebran la conclusión del tiempo de Pascua, cincuenta días después de esta fiesta. Día grande (Hechos 2,1-4). Los apóstoles se encuentran reunidos, Han pasado diez días de la Ascensión de Jesús. La ausencia del maestro resucitado es una losa. Tienen que programar su futuro sin su presencia, a la que están tan acostumbrados. De repente, se produce un impacto, consistente en una ventisca impetuosa que llena toda la casa. Experimentan la venida del Espíritu simbolizada en unas lenguas de fuego que se ponen encima de cada uno de ellos. Todos quedan llenos del Espíritu Santo. Las consecuencias: hablan varias lenguas y Pedro predica ante una multitud internacional que se amontonaba el exterior.

 

El «segundo Pentecostés» sucede un día cualquiera. No coincide con una fiesta litúrgica importante. No son el conjunto de los apóstoles los protagonistas. Pedro y Juan han sido detenidos, encarcelados y juzgados. Han recibido la prohibición clara y expresa de enseñar en nombre de Jesús. Vuelven a los suyos, que los reciben con una mezcla de júbilo y preocupación. Unánimemente dirigen a Dios una plegaria, que el autor de los Hechos recoge (4,23-31): «Cuando acabaron la plegaria, tembló el lugar donde estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo y proclamaban con valentía la palabra de Dios». Hace falta no olvidar que viven en un contexto de persecución, de prohibiciones, de amenaza de ser detenidos y de ser encarcelados.

 

La venida del Espíritu, en ambos casos, parece seguir un protocolo: (a) la comunidad se encuentra reunida, todos juntos; (b) sacudida general del lugar: un viento impetuoso o un temblor, como un terremoto; (c) todos son llenados del Espíritu Santo; y (d) una comunicación convincente: hablan varias lenguas, predican o proclaman con valentía la Palabra de Dios.

 

La venida del Espíritu es el tercer paso de este itinerario. Antes, hay que cuidarse de la comunidad, de encontrarse todos juntos, de rogar unánimemente, de vivir intensamente las dificultades de los evangelizadores, de no fortalecer tanto las diferencias que los incapaciten para encontrar puntos en común, especialmente la fe en Jesús... A menudo las divisiones en el seno de las comunidades no obedecen a aspectos dogmáticos, sino a pequeños detalles: cómo se vive la liturgia, cómo se organiza una parroquia, cómo se relacionan las personas... Antes, también, la comunidad tendrá una experiencia que la descolocará: un viento impetuoso o un temblor. La seguridad está en la persona de Jesús y, por lo tanto, habrá que dejar de poner la seguridad en los edificios, en las organizaciones, en los montajes... El Espíritu llega a menudo cuando las personas y las comunidades son débiles, vulnerables, perseguidas. A partir de ahí, la acción del Espíritu es imprevisible. No hay mérito, sino gracia. Sin embargo, atención. No lo reciben solo la flor y nata de la comunidad, ni la gente más preparada, ni los más ilustrados...sino todos, sin excepción. El resultado final es evidente: la proclamación con valentía de la Palabra de Dios y el testimonio. Como dice el papa Francisco: una Iglesia en salida. Nada de encerrarse en la sacristía o de confinarse en el templo.

 

Quizás, en algunos lugares, se repetirá la experiencia de Pablo en Éfeso cuando pregunta a unos discípulos: «Ya recibisteis el Espíritu Santo, cuando os convertisteis a la fe? Ellos le respondieron: --Ni siquiera hemos oído decir que haya un Espíritu Santo.» (Hechos 19,1-7). A menudo el Espíritu es el gran olvidado en la Iglesia. Será bueno dirigirle nuestra plegaria, abiertos a los regalos de sus dones

 

La pregunta inicial sigue viva: «¿Dónde sopla el Espíritu del Señor hoy?» No he dado la respuesta que se podía esperar, pero creo que he cumplido el encargo recibido.

 Lluís Serra i Llansana, profesor ISCREB

Barcelona, a 23 de mayo de 2021, fiesta de Pentecostés.