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Actualidad

Diálogo o violencia

Jordi Corominas, professor de l'ISCREB - General

Hoy, en la política catalana y española, no paramos de escuchar hablar de la necesidad del diálogo para encarar el conflicto catalán, aunque este no se acaba de establecer nunca. De hecho, hacer política es dialogar, transigir, ceder, y el contrario del diálogo es la violencia, que no admite matices y que no transige en nada. Nos estremecemos cuando vemos la violencia directa y en directo de las calles, pero muchas veces ignoramos la violencia cultural y estructural que se manifiesta de forma más solapada: limitando la libertad, engañando y promoviendo las fack news, haciendo un uso desproporcionado de la fuerza, utilizando la justicia como sistema de venganza o promoviendo el odio y el miedo a través de los medios de comunicación social. 

En todo conflicto, desde los de pareja, hasta los de género, de clase y los identitarios, se establecen luchas y reivindicaciones y si no se ven salidas o pequeñas ganancias para la parte más débil, fácilmente nos iremos acercando a situaciones cada vez más violentes. Cada parte del conflicto utilizará “las armas” que más lo beneficien hasta entrar en una espiral de violencia que no se acabará nunca. 

 

En contra de lo que se dice, no hay nada más utópico, para solucionar un conflicto, que la violencia. Pues esta trata únicamente los síntomas del problema, es irracional, sale muy cara en todos los sentidos y acostumbra a ser eficaz solo a muy corto plazo. Es como utilizar una aspirina para un dolor de mielas. Además, es necesario recordar siempre la primera ley de Johan Galtung, un teórico de la resolución de conflictos: Cuando hay actos de violencia, el violento olvida, pero la víctima no lo olvida nunca y le cuesta mucho más. Y los traumes del pasado, los heredan las generaciones futuras. 

 

La única solución realista para mantener a raya la violencia es ir a la raíz de los problemas, y tratar de entender –que no quiere decir estar de acuerdo- las razones y la parte de verdad que puede tener el otro en el conflicto. Una negociación política implica siempre cesiones que son vistes como traiciones por los más exagerados de cada parte- No obstante, es solo a partir de estas cesiones y del pacto que se pueden generar marcos de convivencia donde se puedan continuar manteniendo desacuerdos profundos, pero que nos alejen del gran fracaso de la política: la violencia y la sumisión del adversario a través del miedo. 


Puede que lo más difícil de la negociación es la disposición a escuchar la narración del otro, una vez se le ha demonizado e incluso maltratado. En cualquier caso, el diálogo es lo único que nos puede permitir ir más allá de un populismo que amara, en mayor o menor grado, a todas las partes del conflicto. Entiendo que los caracteres centrales del populismo son una apelación continua al “pueblo” entendido como una unidad (nada más lejos del populismo de pensar en el pueblo en plural), una lógica maniquea (de Buenos y malos), una simplificación de los discursos políticos hasta convertirse en una pura guerra de eslóganes, y en una exacerbación de las emociones políticas antagónicas.