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Cebrià Pifarré, maestro

Alicia Guidonet, alumna de l'ISCREB - General

Cuando Cebrià entraba en el aula, un inconfundible aire de Montserrat se expandía por todo el espacio. Elegancia, sencillez, sobriedad y profundidad irrumpían en clase casi de forma imperceptible. El profesor cruzaba la puerta en silencio, a paso ágil, vivo, con una sonrisa delicada y una mirada clara. Cuando llegaba a la mesa, Cebrià empezaba a desplegar su sabiduría. No parecía un “erudito”. Antes bien, en todo lo que expresaba mostraba la experiencia amarada por el estudio y la plegaria.

Vivencias nacidas del sentir y del saborear a Dios a lo largo de los años de encuentro con Él. Se captaba la profundidad de su encuentro con el Transcendente gracias a las experiencias cotidianas que el profesor quería compartir generosamente con nosotros, sus alumnos.

Así, una vez nos dijo con mucha rotundidad que era incapaz de celebrar más de una eucaristía al día. No era posible para alguien que, como él, vivía tan intensamente el sacramento de la comunión íntima con Dios y la comunidad. En otra ocasión, hablando sobre la vida comunitaria, hacía notar su importancia, porque modelaba, porque ayudaba a practicar la humildad y la obediencia. La libertad, decía, consiste en querer en la comunidad. A veces, la experiencia de vida que nos compartía podía parecer más prosaica... pero sólo lo era en apariencia. En alguna ocasión entraba en clase con un vaso de chocolate caliente, acabado de comprar, Sus manos cogían fuerte el recipiente de plástico, en un intento de conseguir calor. Mientas decía: “Tengo un frío...”

No parecía que el frío pudiera gustar a aquél hombre espigado, sonrisa delicada y mirada clara. Más bien, todo indicaba que era el calor del corazón lo que movilizaba su vida. Sí, seguro que era el Amor. Amor traducido en Belleza. Una vez, un alumno le expuso la siguiente pregunta: “¿Un acto ético es un acto bello?”. Parecía que la pregunta le acababa de atravesar. Como una flecha. Removido, empezó a citar textos. No le resultó nada complicado. Era la experiencia del corazón, la sabiduría del corazón la que hablaba... puede que por eso en alguna ocasión había afirmado que hablar de Dios es estar enamorado de la Belleza. Quién sabe si esta era la razón por la que era capaz de encontrar la Verdad escondida en gestos de justicia. Como aquel que hizo Basilio el Grande, creando una ciudad hospitalaria, tal y como el profesor nos había explicado en alguna de sus clases.

Y todo esto pasaba sin que, en ningún momento, los aires de Montserrat abandonaran el aula. Como cuando nos hacía leer los textos de los Padres, recogidos en un impecable trabajo que compartía con nosotros. Entonces, con mucha, muchísima – insistencia, nos corregía. Velaba para que leyéramos atentamente, pausadamente, musicalmente, y nosotros, ruborizados, contenidos, hacíamos el esfuerzo. Hasta que alguien lo conseguía. Hasta que alguien era capaz de sacar de sus labios un “muy bien”. Tal era el respeto que le profesábamos…

Y ahora releyendo sus apuntes, recordando las experiencias breves, pero intensas, compartidas con el profesor de la sonrisa delicada, mirada clara y una sola expresión, sencilla y sobria que nos es dada: Gracias maestro.