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Buena fiesta de Pentecostés

Lluís Agustí, professor de l'Iscreb - General

La fiesta de Pentecostés se conoce popularmente como Pascua Granada. Los primeros Frutos de la muerte y resurrección de Jesús se manifiestan con el don del Espíritu de los discípulos.

La primera lectura de la liturgia del día nos habla del Espíritu con símbolos de la naturaleza: viento y fuego. También nos habla de un sonido como si “se girara una ventada violenta”. En el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis, en el relato de la creación, nos dice que “El espíritu de Dios planeaba sobre las aguas”. Es el Espíritu que da vida.

¿Qué sería de la comunidad cristiana sin este sonido, este viento, este fuego, esta vida? ¿Qué sería de un velero sin la fuerza del viento? ¿Qué sería de la persona humana sin esta energía interior?

El viento que empuja la barca de la comunidad cristiana y el fuego del amor de Dios que llena el corazón de quien cree: “llenó toda la casa donde se encontraban sentados”. Fijémonos en nuestra postura del cuerpo: “sentados”. En actitud de plegaria, de escucha, de acogida.

El libro de los Hechos también nos recuerda un hecho significativo: “durante la celebración de Pentecostés se encontraban TODOS JUNTOS”.

 

No significa estar uno al lado del otro físicamente, que ya es un primer paso en las relaciones humanes. Encontrarse juntos es un don del Espíritu. La comunión es un regalo del Espíritu.

 

La fraternidad es un fruto del Espíritu. La Iglesia nace del Espíritu. El hecho de encontrar-nos juntos significa ser constructores de puentes y destructores de fronteras. Y hoy, las fronteras no son los ríos, los mares o las montañas. Hoy son los muros de las rejas y cuchillos cortantes, de armes de muerte. Son los muros del egoísmo, los muros de las ideologías, los muros del no-diálogo... somos llamados a ser instrumentos del Espíritu.

Cuando la gente escuche aquel sonido, fueron y quedaron desconcertados, extrañados y fuera de sí. El cambio que se produjo en el corazón de los discípulos fue radical. Como resultado es esta plenitud en el Espíritu empezamos a querer a todos: “Todos nosotros lo escuchamos proclamar las grandezas de Dios en nuestras propias lenguas”. La lectura de los Hechos habla de medes, elamitas, habitantes de Mesopotamia... La Comunidad de discípulos vivía la globalidad. El Espíritu de Dios es para todos, incluso para los paganos (AC 10, 45).

 

El Espíritu de Dios lo encontramos en medio del mundo, en nuestra vida, en la Iglesia, en la creación, en la historia humana. En él nos movemos, vivimos y somos.

Ven, oh Espíritu Santo y llena nuestros corazones de tus dones.