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Año de la Misericordia: la puerta de Gaudí

Lluís Serra i Llansana, professor ISCREB - General

El 8 de diciembre se ha iniciado el Año de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, con motivo de la celebración de los 50 años de la conclusión del Concilio Vaticano II. La Puerta Santa de cada una de las cuatro basílicas mayores de Roma se convierte en un símbolo de acceso a una realidad de gracia, de impulso espiritual y de itinerario colectivo. En esta ocasión y, por primera vez, este rito se descentralizará, porque tendrá lugar un hecho similar en las catedrales de todo el mundo el tercer domingo de Adviento, además de santuarios y lugares de significación especial. Por primera vez en la historia, un papa abre una puerta santa fuera de Roma. El pasado 29 de noviembre, en su viaje a la República Centroafricana, abrió la Puerta Santa de la catedral de Bangui. La periferia ahora es centralidad de presencia misionera y de tender puentes de convivencia entre religiones. 
 
El Papa Francisco, en la audiencia general del 18 de noviembre, reflexionó sobre la puerta. Hizo una alusión clara a la gran puerta de la Misericordia de Dios: “La puerta está abierta generosamente, nos hace falta, pero, un poco de coraje para cruzar el lindar. Cada uno de nosotros tiene dentro cosas que le pesan. Todos somos pecadores. Aprovechemos este momento que nos llega para cruzar el lindar de esta misericordia de Dios que no se cansa nunca de perdonar, no se cansa nunca de esperarnos. Nos mira, está siempre a nuestro lado. Ánimos. Entremos por esta puerta.”
 
La invitación consiste en dejar entrar al Señor y también dejarlo salir cuando “es prisionero de nuestras estructuras, de nuestro egoísmo y muchas otras cosas.”. El reto: “nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada, todo abierto.” Jesús es la puerta que nos abre a la misericordia de Dios. 
 
El visitante de la ciudad de Barcelona que quiere seguir la obra arquitectónica de Gaudí, incluye en su itinerario monumentos como la Sagrada Familia, el Parque Güell, o la Pedrera. No obstante, corre el riesgo de ignorar un edificio profundamente sugerente e interesante: el colegio de las teresianas de Ganduxer, que Enric d’Ossó le encargó para construir la casa madre de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.
 
La construcción constituye un homenaje al Castillo Interior. Es famosa la galería de los arcos parabólicos, pero me paro solo en un detalle: la puerta de entrada, que, forjada por el mismo, no tiene cerradura. No hay manera de introducir una llave. Se puede pensar que, como todo buen artista, podría haberse olvidado, pero su intencionalidad fue profundamente simbólica. No se puede trabajar en la vida espiritual, no existe trabajo interior posible, sin la decisión personal de abrir la puerta. Nadie no puede forzarte desde fuera. Tú decides si quieres abrir la puerta a quien llama. Además, constituye un reclamo a vivir de manera permanente la propia interioridad. Si uno se va de él mismo, cuando quiera volver, tal vez no tendrá la manera de abrir la puerta y de entrar nuevamente en su castillo interior. Tal y como dice el Papa: “El señor no fuerza nunca la puerta: también Él pide permiso para entrar.” De nosotros depende abrirnos a la misericordia de Dios, que no falla nunca.